Las aceras del hambre

Ernesto Sánchez Pombo
Ernesto S. Pombo EL REINO DE LA LLUVIA

OPINIÓN

M.MORALEJO

24 mar 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Dentro de los profundos cambios que están sufriendo nuestros entornos urbanos a cuenta del virus llegado de la otra parte del mundo, nos están pasando un tanto desapercibidas las colas del hambre. Esas largas filas de personas que se acercan a los centros de beneficencia en busca de algo que llevarse a la boca. Se calculan en unos 70.000 los gallegos que se ven obligados a sobrevivir de la caridad.

La situación ya no era muy propicia para los más necesitados antes de la pandemia pero el cese industrial, el aumento del paro, las regulaciones temporales, la destrucción de empleo, la pérdida de poder adquisitivo y la reducción de salarios han desbocado las cifras. En el último año la pobreza se ha disparado un 8 % en Galicia, pasando del 26,5 % al 34,5 %, y la desigualdad se ha ido del 39,5 al 42,4, según el índice Gini. En este mismo plazo de tiempo, el último año, el número de personas que acuden a los centros de reparto de alimentos se ha multiplicado por diez.

A diario vemos en los medios de comunicación llamadas desesperadas de responsables de los bancos de alimentos y ONG porque son incapaces de hacer frente a las necesidades. Y aumentando. Porque en torno al 75 % de los que el pasado año acudieron a estos lugares fueron nuevos usuarios. Además, la edad de los necesitados se ha reducido drásticamente, situándose en el entorno de los 44 años. Y si no se toman medidas, según Oxfam Intermón, la pobreza en España podría aumentar en más de un millón las personas, hasta alcanzar los 10,9 millones. Lo que supondría el 23,07 % de la población.

El año que vivimos puede dejarnos cifras aún más dramáticas de las actuales porque la situación se agrava sobre un deterioro ya evidente.

Cierto que la pandemia nos está dejando un país patas arriba. Donde casi nada es lo que era. Y que las necesidades se agolpan sin respiro. Pero si hay algo que no se puede permitir es que se normalice ese nuevo paisaje urbano de personas pidiendo auxilio en las aceras y largas colas de hambrientos ante centros de ayuda. Un país que se gasta los dineros en obras inútiles, actos inútiles y dirigentes inútiles está obligado a reaccionar para acabar con una estampa más propia de la posguerra que de principios del siglo XXI. Una de las economías más destacadas del mundo ha de poner remedio a esta situación de abandono y desprotección a parte de su ciudadanía, a la vista del fracaso de las prestaciones actuales.

Esto es lo urgente. Acabar con las aceras del abandono. Y todo lo demás secundario. Lo primero es acabar con el hambre y después ya habrá tiempo para mociones de censuras, elecciones adelantadas y peleas barriobajeras.