Cataluña, decidida a suicidarse


Las muestras de que el nacionalismo puede llevar a la autodestrucción de las comunidades dominadas por esa patología social son abrumadoras. Bastaría recordar lo sucedido en Alemania tras el ascenso de Hitler al poder, en medio del entusiasmo enajenado de una sociedad que vio en aquel loco criminal al salvador del Reich y de su orgullo nacional, para constatar los peores extremos de un fenómeno que tiene manifestaciones de muy distinta gravedad.

Sin duda alguna, lo sucedido en Cataluña desde que, entrado el nuevo milenio, el nacionalismo comenzó su carrera enloquecida hacia la secesión está muy lejos de lo acontecido en los años treinta en Alemania, pero existen dos elementos comunes que permiten comparar ambas situaciones: la presencia de un asfixiante nacionalismo que acaba por dominar casi todos los resortes institucionales y sociales (los medios de comunicación públicos, la escuela, la agenda pública y el debate político y social) y la decidida voluntad nacionalista de alcanzar sus objetivos (la conquista del espacio vital en Alemania y la secesión en Cataluña) aun a costa de hundir en el caos político, económico y social a la sociedad que los gobernantes dicen defender.

Tras más de dos semanas de guerrilla urbana entre el radicalismo independentista -apoyado por saqueadores y gamberros- y unas fuerzas policiales sometidas al mando de quienes sienten mucha más simpatía política por los alborotadores que por quienes intentan contenerlos, y mientras la Cámara de Comercio de Barcelona elige presidenta a una independentista, entidades industriales, culturales y deportivas catalanas -que observan desde hace años cómo el país ha caído en el infierno del completo desgobierno- se unen en un clamor para exigir a la Generalitat que, ¡de una vez!, anteponga la reconstrucción del país a la ruinosa pesadilla del procés.

La respuesta de los interpelados fue boicotear la celebración del 70 aniversario del establecimiento en Cataluña de Seat, acto al que asistieron el jefe del Estado, el presidente del Gobierno, los directivos del Grupo Volkswagen, empresa industrial que está entre las más importantes de nuestro continente, y de Seat Cupra, Wayne Griffiths. Un evento en el que no hizo acto de presencia ningún representantes del Ejecutivo catalán. El hecho de que el grupo automovilístico sea el primer inversor industrial de España en I+D, o de que acabe de crearse un consorcio público-privado para impulsar una fábrica de baterías cerca de Martorell (sede catalana de la Seat) parece ser totalmente irrelevante para unas autoridades ocupadas en tareas que consideran mucho más urgentes y trascendentales: eso que denominan la amnistía y la autodeterminación.

Nadie podrá decir, en todo caso, que tal forma de actuar, tan decididamente opuesta a los intereses del pueblo catalán, no haya contado con el apoyo de una parte significativa de quienes hace un mes fueron a votar. Lo que es siempre, precisamente, una de las paradojas más sangrantes de los nacionalismos.

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