La pandemia manda en la economía


Los economistas andan desorientados. Más perdidos que un pulpo en un garaje. Lanzan previsiones al tuntún, las revisan cada día y fallan siempre. Después, conocidos los guarismos de la contabilidad nacional, que llegan habitualmente con más retraso que los del covid, se limitan a contrastarlos con los antecedentes más nefastos. La economía española experimentó la mayor caída desde la Guerra Civil. La deuda pública alcanza una cumbre nunca vista desde la guerra de Cuba. Comparan el tocino con la velocidad, porque ninguna semejanza guarda esta crisis con aquellas crisis. Son de distinto origen, de distinta naturaleza y de efectos distintos.

Para que se me entienda, negaré la existencia de una crisis económica clásica. Aquí solo existe una crisis sanitaria que ha puesto al mundo contra las cuerdas. Y unos poderes públicos que, para combatirla, paralizan o frenan las turbinas de la economía. Una crisis inducida, siempre en función de la mayor o menor expansión del covid. Y una economía que, como los aviones aparcados en los hangares, solo despegará cuando caigan todas las restricciones.

Los datos del 2020 demuestran que la crisis económica solo es un reflejo, invertido, de la curva del covid. La correlación inversa es casi perfecta. La hibernación o coma inducido, decretado para contener la primera oleada del covid, rebanó casi la cuarta parte de la economía española: el PIB cayó un 5,2 % en el primer trimestre y un 17,8 % en el segundo. La primera tregua concedida por el virus trajo el fin del confinamiento y el rebote del verano: el PIB creció un 16,7 % en el tercer trimestre. En el último tramo del año, aún no superada la segunda ola, los gobernantes se propusieron «salvar la Navidad». Y la salvaron contra pronóstico -el PIB creció cuatro décimas en el cuarto trimestre-, pero con un elevado coste en vidas humanas que solo sirvió para aplazar el pago de la factura económica hasta comienzos del año en curso.

Como resumen, la economía española se contrajo un 11 % el año pasado. Una caída que triplica la experimentada en el 2009, que fue del 3,8 %. Sin embargo, aquel año se destruyeron más de 1,16 millones de empleos, el año pasado solo 360.000. Ni siquiera sumando los 755.000 trabajadores que aún permanecen en el limbo de los ERTE se alcanza aquella cifra. El contraste es tan evidente, tan ajeno a toda lógica económica -a mayor caída de la actividad, mayor caída del empleo-, que subraya la singularidad de esta crisis.

Pero hay más. Por primera vez en la historia del capitalismo, hasta donde sé, no es el mercado quien determina la profundidad de la crisis, sino la pandemia a través de los gobiernos. Son estos los que deciden si abren o cierran las compuertas al ahorro embalsado, si cierran o abren fronteras, si la economía permanece confinada o funciona a medio gas. Y deben hacerlo con las pautas que marca la pandemia, para que el remedio no sea peor que la enfermedad. De ahí el extravío de los economistas: en esta crisis solo los virólogos están autorizados a realizar previsiones económicas.

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