El rap de Sísifo


Cayó dios, cayó el padre, cayó el maestro... ¿Dónde se aprende a respetar la Ley y la autoridad? Una vez superada la posmodernidad, esta respuesta es clave para poder entender lo que nos está pasando. 

Dos escenas de esta semana encarnan el mito de Sísifo: la mirada de furia y miedo del rapero parapetado tras las algaradas y las uñas de color vitriólico de una adolescente fascista antisemita.

Derrumbados los valores seculares, aparecen nuevos misticismos. Lo místico hoy es la actualidad inmediata, el presente continuo, la realidad tuitera del aquí y ahora, la tribu identitaria...

«Un mundo obsesionado por la actualidad es un mundo obsesionado por el olvido», apunta Milán Kundera, afirmación que acierta con el porqué del resurgimiento de viejos errores humanos. Con cada nueva generación, con cada olvido del pasado, la piedra de la civilización vuelve a caer y hay que volver a subirla, una y otra vez.

Los grandes relatos de la modernidad se han atomizado en miles de relatos particulares en los que cada uno inventa su propia leyenda y su propia mística de Facebook y grupo de WhatsApp. El problema es que esas místicas a la carta no pocas veces colisionan con las de los demás, y no hay árbitro ni VAR a quien recurrir para hacer valer las reglas de la convivencia. Hoy caben todo tipo de dioses, ídolos e ideologías, aparece la mística urbana del rap, de las barretinas y estrellas, el azul insolente del fascismo posmoderno, el exhibicionismo dionisíaco de Instagram, los sexos borrosos, la minoría exaltada, la mayoría adormecida «en series», el fundamentalismo vegano, los negacionismos reales e imaginarios...todo vale, todo son místicas de kits a la carta.

No hay referentes lo suficientemente sólidos capaces de reducir la complejidad y la barbarie de la conducta humana. Delirar quiere decir «salirse del surco» y hoy no hay surcos de referencia que seguir, cada cual está en su surco particular, en su propio delirio, en su irrefutable verdad.

A falta de nuevos símbolos capaces de sentar un orden, de mantener un equilibrio, de corregir desviaciones destructivas para la convivencia, no es de extrañar la aparición de un virus que impone su ley y censura comportamientos insostenibles. La mística incuestionable y contundente de un virus divino se impone sobre la mística de pret a porter.

Escribía Quevedo: «Hoy, sin miedo que, libre, escandalice, puede hablar el ingenio, asegurado / de que ningún poder mayor le atemorice (...). Con asco, entre las otras gentes, nombro al que de su persona, sin decoro, / más quiere nota dar, que dar asombro».

El poder que desconocía el poeta se llama covid-19 y «los notas» que nos asombran rapean veneno y leen el Mein Kampf.

Malos tiempos.

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