Terminábamos ayer una clase en el máster y se unió a la conversación virtual alguien que fue saludando a todos, uno a uno. Dijo el nombre de una alumna conectada desde Sevilla y le preguntó qué tal estaba. «Un poco harta de esta vida online», respondió con un tono de voz que musicaba ese cansancio. No se refería solo a las clases, sino a la vida online en general, esta especie de existencia vicaria, representante de la real, que sabe a tan poco: como el sucedáneo de chocolate con respecto al chocolate o como la achicoria con el café. Ya lo mostraban la utopía literaria de Aldous Huxley o la película Matrix, tan recordada últimamente. En ambos casos se trataba de elegir entre la copia cómoda, pero aborregada y medicalizada desde antes de nacer, o la vida real, considerada salvaje porque incluía el dolor y, sobre todo, el amor.

Se levantan cada día más voces que alertan, por ejemplo, de los peligros de una inteligencia artificial gestionada sin criterios éticos. Curiosamente, muchas de esas alarmas -algunas anónimas- proceden de Silicon Valley y, en general, de la comunidad tecnológica. Algo habrán visto o algo sabrán. Ya no se trata solo de que la avanzadilla científica eduque a sus hijos en el uso sobrio de las pantallas.

Puede que lo virtual nos haya comido ya mucho terreno o que la medicalización temprana y perpetua de nuestras vidas nos haya abotargado lo suyo. La mezcla de ambas opera como unos grilletes que aherrojan tanto nuestra libertad que, al final, si nos despistamos un poco más, ya ni desearemos ser libres. No querremos correr el riesgo de amar y sufrir. O sea, ya no desearemos vivir. Visto desde otro ángulo: de tanto miedo a morir, viviremos muertos.

@pacosanchez

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