Gracias, Fran Lebowitz


Si todavía no han visto Supongamos que Nueva York es una ciudad me dan mucha envidia. Porque aún van a experimentar esa palpitación de cuando se tiene algo gordo entre las manos. A mí me sucedió así, ha sido ver en Netflix el documental de Martin Scorsese sobre la escritora y humorista Fran Lebowitz y querer transmitirle a todo el mundo esa emoción. Las gracias, en realidad, habría que dárselas a Scorsese porque nos ha traído la mejor carta de amor a Nueva York de la mano de quien mejor la representa. Sí, incluso mejor que Woody Allen, me atrevería a decirles solo para que lo comprueben. Lebowitz, con ese ácido humor judío, recuerda, en versión femenina a Allen, pero es tan fascinante su perspicacia que resulta igual de ingeniosa, pero mucho más mordaz. Su análisis te hace crujir y, aunque Nueva York es la excusa, en el fondo no deja de reflejar el modo de vida actual, con sus incongruencias y su locura. No hay que saber de antemano quién es Fran Lebowitz porque Scorsese nos la descubre con ese fin: no perdernos nada de ella a partir de ahora. Y aunque una pueda pensar cómo ha podido llegar hasta el 2021 sin conocerla, su mirada es tan certera que el futuro pasa inevitablemente por ella. Se retorcerán de la risa en sus entrevistas con Scorsese, Alec Baldwin y Spike Lee. Su odio al deporte, su adicción al tabaco y su desprecio al mindfulness son solo un apunte, pero sus frases agudas hay que enmarcarlas: «No me eches laca, por Dios, quiero asegurarme de que lo único que entra en mis pulmones es tabaco», «Los genios hablan de ideas, la gente normal, de cosas, y la gente pequeña habla de vino». La vida no es la misma sin la gracia de Lebowitz, en serio, no se la pierdan.

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