Por fin somos berlanguianos


Aeste ruido de fondo, en el que todos los días los políticos hablan a la vez, seguro que Luis García Berlanga le hubiera sacado punta con alguna película magistral. Este año, en el que se va a cumplir el centenario de su nacimiento, podemos por fin decir que todos somos berlanguianos. El adjetivo, que en la calle se venía utilizando para definir el universo cínico, tierno y conmovedor que el maestro hizo suyo en filmes como Bienvenido Mr. Marshall, Plácido o El verdugo, tiene por fin el aval de la Academia. El diccionario lo ha incluido en esta última incorporación, aunque sin más acepción que lo «relativo a Luis García Berlanga o a su obra», en una diluida definición que no le hace justicia. Y es ahí donde se le reclama a la RAE un poco más de atención para con Berlanga. Porque en ese reduccionismo coloquial, el hablante puede usar berlanguiano como sinónimo de cómico o esperpéntico cuando es mucho más. Como bien reclamó en su momento Jose Luis Borau, que fue uno de los primeros en solicitar su incorporación al diccionario, lo berlanguiano tiene siempre un poso agridulce sobre nosotros mismos. Si bien el actor Juanjo Puigcorbé fue más allá y se atrevió a darle forma a la definición: ‘Dícese de la situación coral aparentemente caótica donde los caracteres ponen en evidencia su monstruosidad sin categoría moral pero de una forma vitalista». Berlanguiano tiene que ver, y lo sabemos, con el espectáculo fallero que él, como buen valenciano, llevaba dentro, pero a mí me gusta el modo en que lo explica Álex de la Iglesia: «Berlanga metió un puño en mi corazón y lo arrancó de cuajo, mientras con la otra mano me hacía burla». Así es.

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