Ser blanco ya no es lo que era


Los graves acontecimientos del día 6 de enero, cuando una turba violenta, motivada por los discursos racistas y xenófobos de Donald Trump, asaltó el Capitolio de Washington, han sido descritos como una «revuelta blanca» por el periodista Thomas B. Edsall en un artículo publicado en The New York Times el 13 de enero, en el que examina en detalle los sentimientos de frustración e infelicidad del núcleo duro de los seguidores de Trump, que son los blancos sin estudios universitarios.

En un artículo anterior, publicado en The New York Times el 9 de diciembre, Edsall ya había estudiado el resentimiento que aflige a los blancos sin estudios universitarios. Este grupo, que en otros tiempos se consideraba a sí mismo como una parte central de la sociedad americana, ahora se siente marginado. Los trabajos bien remunerados que había antes para personas sin estudios universitarios han desaparecido casi por completo, por lo que la situación material de estos ciudadanos ha empeorado. Además, ha habido una transformación del sistema jerárquico, el cual en la actualidad está basado en el nivel educativo. Antes, los blancos sin estudios universitarios, con ganar lo suficiente para vivir podían conceptualizarse a sí mismos como gente de clase media, aunque fuesen de clase trabajadora.

Pero ahora resulta que la escala social está fuertemente basada en la preparación académica y es muy difícil adquirir estatus de clase media solamente con estudios secundarios. Así pues, los blancos sin estudios universitarios sienten que su estutus se ha deteriorado. El trumpismo, que posee la agresividad típica de los movimientos autoritarios, les da seguridad. Incluso las teorías conspiratorias difundidas por este movimiento los reconfortan, porque les proporcionan la sensación de estar informados de lo que pasa en el mundo, lo cual es muy importante para ellos, ya que son conscientes de que su punto débil es la falta de conocimientos.

En el artículo del 13 de enero, Edsall señala que Estados Unidos es más vulnerable a los avances de los movimientos de extrema derecha que los estados europeos por la gran desigualdad que hay en este país, así como por el legado de la esclavitud. Estados Unidos fue una oligarquía blanca hasta los años 60 del siglo XX, cuando los miembros de las minorías étnicas empezaron a adquirir derechos. Los blancos sin estudios universitarios formaban parte de esa oligarquía, aunque su papel dentro de ella fuese marginal. Como dice Edsall, estos ciudadanos siempre tuvieron privilegios raciales, aunque nunca tuvieron mucho más que eso. Es decir, vivían modestamente, pero se sabían parte de la oligarquía y eso les hacía sentir que poseían cierto estatus en la sociedad. El problema ahora es que sus privilegios raciales no sirven de tanto en la jerarquía social actual, basada en el nivel de conocimientos. En otras palabras, ser blanco ya no es lo que era.

Estos dos artículos de Edsall, que se basan en los trabajos de numerosos sociólogos, psicólogos e historiadores, resumen muy bien los problemas del núcleo duro de los seguidores de Trump. Aunque, dentro del mismo nivel educativo, los blancos todavía disfruten de ventajas respecto a los miembros de las minorías étnicas, los blancos sin estudios universitarios están por debajo de los miembros de las minorías étnicas con estudios universitarios en la jerarquía y hoy día hay bastantes personas de color en las clases profesionales y dirigentes, donde su presencia es muy visible. Esto les resulta inadmisible a los seguidores de Trump, que desean una guerra santa para reconquistar el país perdido. El supremacismo blanco ha estado presente desde el primer momento en los discursos de Trump y lo estuvo también en las palabras con las que alentó a sus seguidores a asaltar el Capitolio, que han sido la causa del impeachment. El mensaje central de su delictiva arenga fue que, si sus seguidores no iban al Capitolio y luchaban, nunca podrían recuperar el país que les había sido arrebatado.

El país no fue nunca verdaderamente de los blancos sin estudios universitarios, cuyo poder fue siempre limitado, pero ellos se sentían importantes e indudablemente eran mejor tratados que los miembros de las minorías étnicas. Curiosamente, a estos últimos, el tener que sobreponerse a tantos obstáculos les ha curtido. Saben que para triunfar en su profesión tienen que trabajar mejor y rendir más que los blancos. Los miembros de las minorías étnicas, aunque se quejen del racismo estructural, lo tienen asumido. No dan nada por sentado y luchan por salir adelante. Y, como tienden a vivir en zonas urbanas, poseen fácil acceso a la información y abundantes oportunidades educativas y laborales. En cambio, los blancos sin estudios universitarios suelen vivir en zonas rurales y tener una actitud más relajada. Son menos conscientes de los pasos que hay que dar para prosperar. No ven el mundo como una carrera de obstáculos a superar. Esa actitud más distendida los perjudica. Es sabido que a veces los jóvenes que proceden de familias ricas tienen menos éxito profesional que los que proceden de familias menos adineradas, ya que se esfuerzan menos. Es posible que a los blancos sin estudios universitarios les haya pasado algo parecido. Tener privilegios raciales puede haber contribuido a su mala fortuna al hacerlos sentirse confiados. Sin duda tener privilegios raciales ha exacerbado su frustración e infelicidad al descubrir que el mundo no es como ellos pensaban y que otros que empezaron su trayectoria vital con menos ventajas han llegado más lejos.

Por Cristina González Doctora en literatura española por la Universidad de Indiana-Bloomington y catedrática emérita de la Universidad de California-Davis.

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