Salvamos la Navidad


Gobernar significa tomar decisiones. Aunque, como decía Anatole France, esas decisiones creen descontento. Se hace necesario recordarlo, a la vista de la dejación de funciones que hicieron nuestros mandarines ante la nueva ola del covid-19. Tras una etapa de desentenderse de la realidad, llegan los tiempos de los lamentos, que ya preveíamos a la vista de la informalidad y obcecación con la que se afrontaron las fiestas navideñas. Esas que había que salvar a toda costa.

Algún día habrá que ver a quién le apuntamos los contagios y los muertos originados por la dejadez y falta de decisiones. Y tendrán que explicarnos por qué no escucharon a científicos y virólogos que decían que iba a ocurrir exactamente lo que está ocurriendo. Ni tampoco a los ciudadanos que pedían medidas más restrictivas. Como había que salvar la Navidad se nos invitó a que viajásemos por toda España y nos dijeron que las celebrásemos en amor y compañía de allegados. Y ahora, que ya salvamos la Navidad y estamos batiendo los récords de contagios de toda la pandemia, nos dicen que lo pasamos demasiado bien y que quizás se equivocaron.

Al tiempo que nos advierten de que se nos va a caer el mundo encima, entonan el mea culpa por su actuación injustificable e irresponsable. El ministro Illa dice que, por las fiestas, «vienen semanas duras». El portavoz Simón nos reprocha que «lo hemos pasado mejor de lo que debiéramos». El conselleiro Comesaña pide que nos autoconfinemos, tras asumir la «responsabilidad de no haber sido más estrictos», como pedía el 59 % de gallegos en una encuesta de este periódico. Y el presidente Feijoo, que criticó con dureza el estado de alarma porque «se carga el consumo de Navidad», ahora se lamenta de que «hubiera sido mejor no hacer ninguna aproximación familiar». Claro que hubiera sido mejor, porque nos hubiéramos ahorrado unas cuantas vidas y unos cientos de contagiados.

Sabíamos que tarde o temprano llegarían los lamentos. Pero ya es tarde. Habrá más, no lo duden. Pero no sirven para ocultar la imprudencia y la negligencia con la que se nos animó a saltar las limitaciones en aras de salvar la Navidad. Ya la salvamos. Sigamos contando fallecidos.

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