Los malos pronósticos se cumplen siempre y solo la excepción confirma esta pesimista regla. Estaba anunciado que la Navidad iba a provocar un empeoramiento de la pandemia, y ahí están los resultados: en un solo fin de semana, más de 61.000 nuevos infectados por el SARS-CoV-2. La incidencia media está ya en nivel de alarma. Los hospitales, ante el temor de verse saturados. Y, como también suele ocurrir, las desgracias nunca vienen solas: la nevada y la ola de frío están causando una media de 700 intervenciones médicas diarias solo en la Comunidad de Madrid por caídas y roturas de huesos. Más presión hospitalaria. Un invierno aciago.

La «interacción» de las Navidades, como dijo el presidente Feijoo, ha sido la gran causante. El doctor Fernando Simón se puso más paternalista: hemos pasado unas vacaciones mejor de lo que debíamos. Podemos estar de acuerdo con ambos, pero con una salvedad: ¿debemos aceptar sin más que toda la culpa es nuestra? Echemos mano de la memoria, que la cercanía de los hechos lo permite. Hubo en primer lugar un estado de opinión -y no precisamente popular- que daba prioridad a la necesidad de «salvar la Navidad». Detrás de ese objetivo había, sin duda, intereses económicos: el sector del comercio, que supone el 12 % del PIB, no podía sufrir un nuevo zarpazo en sus ventas. La campaña de Navidad es vital para sus cuentas de resultados, ya muy castigadas por el estado de alarma de primavera. Un nuevo golpe significaría rematar la ruina de un alto número de tiendas.

En segundo lugar, se hizo una política de tolerancia cuyo acto más visible fue permitir la movilidad para celebrar las fiestas con familiares o allegados. Solo se necesitaba un papel que identificase a esos allegados. Aquello fue interpretado como un permiso general para hacer literalmente lo que quisiéramos. Solo la Comunidad Valenciana puso el cerrojo. El resto, aunque hablase de confinamientos perimetrales, fue un coladero. Se pudo comprobar en el tráfico de salida de las ciudades. Naturalmente, el aforo de las celebraciones gastronómicas en domicilios privados fue por su propia naturaleza imposible de controlar y todos lo sabíamos.

Y, por último, hubo tal cantidad de decisiones autonómicas que se habló con justicia de 17 modelos distintos de Navidad. Eso tuvo un efecto psicológico: creó la sensación de que no había rigor en las decisiones, y, ante la supuesta falta de rigor, muchos ciudadanos tampoco lo aplicaron en sus acciones privadas. Esto es difícil de demostrar, pero tiene toda la lógica del mundo. Los consejos que decían «el mejor regalo es cuidarse» sonaban a música celestial.

Conclusión: no hubo la responsabilidad ciudadana exigible, parece evidente. Pero que no caigan sobre nosotros las únicas culpas de lo ocurrido. Si hay que buscar culpables están por todas partes: en los ciudadanos alegres y confiados y en la Administración.

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Culpables, todos