Tardaremos todavía un tiempo en evaluar las consecuencias catastróficas de la presidencia de Donald Trump, tanto en el interior de EE.UU. como en ámbito internacional. Pero nadie dudará de que al final de su mandato se ha comportado con una indignidad e irresponsabilidad impensables en el máximo dirigente de la primera democracia contemporánea.
Como todos los demagogos que en el mundo han sido, ha sabido tocar la tecla del descontento, la frustración y el miedo de amplias capas de la población, en este caso ante un futuro que la globalización ha hecho más incierto y frágil, para aprovecharlo en beneficio propio. Trump ha explotado y exacerbado todo lo peor que hay en la sociedad estadounidense: supremacismo, negacionismo, teorías delirantes de conspiraciones, rechazo a los inmigrantes, extremismo religioso, elogio del individualismo, banalización de la violencia. El resultado está a la vista: una nación fracturada hasta el odio, al borde del enfrentamiento civil, en la que casi la mitad de la población contrapone democracia a patriotismo, y se niega a aceptar la realidad cuando contradice sus deseos.
Lo sucedido en el Capitolio de Washington el miércoles es solo la culminación lógica de un proceso de deterioro de la democracia auspiciado desde la más alta magistratura de la nación. Trump ya anunció, meses antes de que comenzara la campaña electoral, que solo aceptaría el resultado de la elección si le era favorable. Y lo ha llevado hasta el extremo de que el descontento de sus partidarios quedara fuera de control. Probablemente sabía desde el principio que sus posibilidades de revertir la elección eran nulas, pero la deslegitimación del adversario y la reafirmación ideológica de sus seguidores con vistas a futuros comicios han sido -según parece- motivación suficiente, sin descartar el efecto de su personalidad ególatra e intolerante a la frustración.
Más preocupante aún es la actitud del Grand Old Party (GOP), el partido republicano, que se ha enfangado -salvo honrosas excepciones que han sabido cumplir con su deber- en un seguidismo acrítico de esta loca carrera de Trump hacia ninguna parte. Todavía después del asalto al Congreso, 138 representantes y 7 senadores republicanos votaron a favor de una de las objeciones presentadas al recuento de votos electorales. Detrás de esta actitud están sin duda los 74 millones de votantes de Trump (11 más que en la elección anterior), la mayoría de los cuales no quieren creer, según las encuestas, que el actual presidente perdió. Pero poner en riesgo la democracia para no perder apoyo electoral es sobrepasar todos los límites, incluso para profesionales de la política. Cuando Trump pierda el enorme poder que le da la presidencia, muchos intentarán retroceder y olvidar. No obstante, será muy difícil para el partido republicano volver a la moderación, teniendo en cuenta que la mayoría de sus votantes se ha radicalizado profundamente en estos cuatro años, y Trump no va a renunciar a su influencia en el partido ni probablemente a presentarse -o presentar a alguien de su familia- a la elección presidencial del 2024. El GOP puede romperse con la aparición de un partido de extrema derecha, o radicalizarse definitivamente. Ambos supuestos serían una pésima noticia para EE.UU. y para la democracia liberal en el mundo.
Desgraciadamente, el ataque del miércoles no será el último episodio de violencia política, ni en EE.UU. ni en ninguna otra parte del mundo. Más allá del análisis del momento, habrá que estudiar con calma las causas profundas de tanta desafección y malestar en tantos ciudadanos de nuestras sociedades. En cómo integrar a los que se sienten excluidos, abandonados, rotos. No solo en la forma de prevenir la violencia física, sino también en cómo eliminar o moderar la violencia económica y política. Porque todos nos jugamos en este envite la paz, la convivencia y el futuro.