Tardaremos todavía un tiempo en evaluar las consecuencias catastróficas de la presidencia de Donald Trump, tanto en el interior de EE.UU. como en ámbito internacional. Pero nadie dudará de que al final de su mandato se ha comportado con una indignidad e irresponsabilidad impensables en el máximo dirigente de la primera democracia contemporánea.
Como todos los demagogos que en el mundo han sido, ha sabido tocar la tecla del descontento, la frustración y el miedo de amplias capas de la población, en este caso ante un futuro que la globalización ha hecho más incierto y frágil, para aprovecharlo en beneficio propio. Trump ha explotado y exacerbado todo lo peor que hay en la sociedad estadounidense: supremacismo, negacionismo, teorías delirantes de conspiraciones, rechazo a los inmigrantes, extremismo religioso, elogio del individualismo, banalización de la violencia. El resultado está a la vista: una nación fracturada hasta el odio, al borde del enfrentamiento civil, en la que casi la mitad de la población contrapone democracia a patriotismo, y se niega a aceptar la realidad cuando contradice sus deseos.
Lo sucedido en el Capitolio de Washington el miércoles es solo la culminación lógica de un proceso de deterioro de la democracia auspiciado desde la más alta magistratura de la nación. Trump ya anunció, meses antes de que comenzara la campaña electoral, que solo aceptaría el resultado de la elección si le era favorable. Y lo ha llevado hasta el extremo de que el descontento de sus partidarios quedara fuera de control. Probablemente sabía desde el principio que sus posibilidades de revertir la elección eran nulas, pero la deslegitimación del adversario y la reafirmación ideológica de sus seguidores con vistas a futuros comicios han sido -según parece- motivación suficiente, sin descartar el efecto de su personalidad ególatra e intolerante a la frustración.