Cuando por aquel 1995 Héroes del Silencio cantaba Todo arde si le aplicas la chispa adecuada, quien aquí firma solo sumaba ocho años. La inocencia de esa edad no impide que esos acordes resuenen años después dándole significados distintos. De la misma manera, las imágenes que nos dejó la medianoche de este miércoles también tendrán su eco en el tiempo. La considerada democracia de referencia se vio asaltada por quienes mostraban su disconformidad ante el que probablemente sea su pilar fundamental: el respeto por los resultados electorales.
Lo ocurrido simboliza el avance hacia la pérdida de legitimación de los poderes públicos. Con un discurso mayoritario basado más en el «contra» que en el «a favor», tristemente a nadie puede sorprender lo acontecido. Lejos de justificar el asalto o de jugar a un ventajista «ya se veía venir», no cabe negar la mayor: Donald Trump ha estado a los fogones para cocer ese caldo de cultivo. Macerando todo ello, el ya expresidente ha encontrado un gran aliado en el propio sistema político y sociocultural estadounidense, en el que el modelo híper-presidencialista del Gobierno convive con la reducción del papel de las formaciones políticas que lo sustentan. Un discurso más alimentado que rebatido por los medios de comunicación, incluidos aquellos que a priori denostaban sus postulados, una personalidad perfectamente trabajada capaz de suscitar -casi- a partes iguales tanto rechazo como apoyo y una sociedad altamente polarizada han hecho el resto.
Cometeríamos un craso error si culpabilizásemos en exclusiva a Trump de lo ocurrido. El problema no es él, sino quienes han asumido como propios sus recelos y quienes se han mostrado dispuestos a ir incluso un poco más allá. La posterior reacción del hasta hace nada presidente volvió a mostrar la fragilidad de sus postulados, al verse condenado entre una cabeza que, al menos en apariencia, le llevaba a censurar los acontecimientos y un corazón que los justificaba.
Si algo ha perseguido Trump desde sus primeros días en política es la victimización. Por ello, habrá que preguntarse si esa decisión de Facebook e Instagram de bloquear sus cuentas no dará todavía más gasolina a su relato. De su capacidad para prender la mecha no queda ya ninguna duda, como tampoco de que más que héroe del silencio es un villano de su propio discurso.