El que marque, gana


Para los niños a los que los Reyes les echen una pelota. Ahora que se habla tanto de Maradona, de fútbol, de amaestrar el balón. Nunca fue el balón para los que jugábamos en la calle. De niños fue la pelota. Jugar a la pelota. Y de chavales fue pásame la bola. Siempre, en femenino, como le llaman al mar los marinos: la mar. Nadie que la ha mimado y amado en serio le llamaba en corto el balón. Cuando se elegía para los partidos, los dos capitanes seleccionaban primero a los mejores. La ley de la calle. Muchas veces, los mejores eran los dos capitanes a los que no se les dejaba ir juntos. No había en el barrio categorías. Ni infantiles, ni cadetes, ni juveniles. Los «enanos» que elegían los capitanes podían ser retacos que despuntaban y jugaban con los mayores. Nos pasábamos el día con la bola. Un partido tras otro. Sin descanso ni desmayo. Cuatro pulmones teníamos cada uno. Se jugaba hasta que ya no se veía nada. Con los mayores no se daban patadas. Se daban hachazos. Los furones (tirar fuerte) valían. Las entradas eran a degüello, en solares de tierra, embarrados, nada de campitos de hierba artificial. Se dribabla al límite para que no te rompiesen las piernas. Era habitual el calificativo chupón (luego, con unos años más, los chupones fueron otra cosa). Ahora a los críos los quieren especializar desde pequeños. Los ponen de lateral y ahí se quedan, en la banda. Antes tampoco era así. En una sola tarde se podía jugar en todas las posiciones de la carrera de Matthaus, por ejemplo, que fue retrasando su posición por la edad y que acabó siendo un libero soberbio, sobrado de facultades. Normalmente, jugabas en lo que se conocía por arriba. Pero, cuando llevabas cinco horas sin parar y estabas cansado, te ponías atrás y te parecía muy fácil ver el fútbol de frente, recortar con ventaja en defensa y repartir el juego como quien se desliza por una cinta. Arriba era Vietnam. El buen delantero no tiraba furones. Colocaba la pelota para hacer gol. A un punta afilado, con gol de verdad, no le importa ni le altera el portero. Él solo ve la red, donde habita la victoria. De pequeño había críos que dormían con la pelota. Los mayores llevaban a veces a los enanos a los partidos internacionales, casi a muerte, con otros barrios. Entonces se nos iba la hora. Noche total. Un equipo ganaba quince a nueve. Y, ley también de la calle, se gritaba el mítico el que marque, gana. Eran tiempos en los que a algunos del barrio les llamaban Maradona o Butragueño. Ya se imaginan por qué. Dicen que los chavales de hoy se portaron muy bien durante el encierro de la pandemia. La clave fue que estuvieron embobados con las pantallas. Si Sánchez nos tiene que encerrar a nosotros en los años setenta y ochenta no hubiese podido. Las familias eran numerosas y los chavales vivíamos en la calle. Tu madre te tiraba la merienda por la ventana. Y seguías jugando en verano y en invierno como si no hubiese un mañana. Qué difícil hubiese sido encarcelar aquel modo de vida.

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