El gran invento del Bienio Santo


El mismo año en que vimos a los laboratorios inventar varias vacunas contra el covid-19, con nuevos caminos hacia la inmunidad, no debería extrañarme que mi Iglesia haya inventado, contra el mismo mal, y como una novedosa vía hacia la indulgencia de rebaño, el Bienio Santo Compostelano. Un simplismo religioso que, a cambio de contentar a la parroquia laicista, dejó estupefactos a los pocos que nos sentimos confortados por una ritualidad simbólica y seria, aunque no trascendente.

El pasado día 31, leí en un periódico que los gallegos hemos recibido «con unánime satisfacción» el gordo del Vaticano. Y por eso lamento tener que desmentir la euforia del reportero, para decirle que, de unanimidad, nada de nada, y que, pudiendo ser cierto que 2.700.628 gallegos están encantados, yo discrepo seriamente, y que, con esta reflexión, declaro rota, solemnemente, la unanimidad.

Estoy convencido, eso sí, de que la Xunta, los comerciantes y los hosteleros han cosechado un razonable éxito de resiliencia y recuperación económica. Lo que no creo, en cambio, es que a la Iglesia le convenga este relativismo festivo que, una vez tocado, ya no tiene reparación, y que plantea el problema de si los símbolos, las costumbres, las historias, los rescriptos, las bulas y los rituales tienen sentido, o si lo importante es, como dijo Sánchez, «rebajar tensiones» y plegarse a la voluntad de aquellos a los que -en plan laico- «les importa un pimiento España», y -en plan religioso- «les importa un bledo» la Iglesia. Sé perfectamente que ni el Estado se hunde por una docena de indultos, ni las puertas del infierno prevalecen contra la Iglesia por un encantador y divertido bienio de indulgencias plenarias. Pero hablamos de otra cosa, que, aunque a casi nadie le preocupa, denota un utilitarismo tosco e innecesario, contrario al sentido y la estabilidad de lo esencial.

Porque, una vez aceptada la fórmula del bienio, tan fácil y barata, ¿por qué el papa no trata a la humanidad con la misma caridad, y decreta un año santo perpetuo en todas las iglesias del mundo? ¿Por qué no celebramos la Semana Santa, en vez de en una sola tacada, en los cuatro viernes del mes de abril? El primer viernes sería domingo de Ramos; el segundo Jueves Santo; el tercero Viernes Santo; y el cuarto Domingo de Resurrección. Bastaría este pequeño ajuste para que el turismo nos aplaudiese, y para que millones de personas -agnósticos, sintoístas, curiosos, nostálgicos del paganismo y devotos de la gastronomía como los que, dicen, abarrotan el Camino- acudiesen en masa a esta multicultural algarabía de sentimental pietismo.

¿Que esto que acabo de decir es una tontería? Para mí, sí, desde luego. Pero a muchos economistas, y a muchos andaluces les parecería de perlas. Aunque allí gobiernan las cofradías, que son más serias que las jerarquías. Y, si el Cristo no puede salir a las 5 en punto, esperan al año que viene. O a que los designios de Dios -que aquí hemos soslayado- les envíe un año sin pandemia, o una rayana de sol.

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