El año más surrealista tenía que acabar de forma absurda. Las redes sociales de miles de gallegos se inundan estos días de fotos de familiares que disfrutan de aire puro con paseos por el campo o pisando las primeras nevadas del invierno. En otras comunidades, claro. Aquí, los que hemos cometido el pecado de vivir en grandes núcleos urbanos seguimos confinados, con permiso gubernamental para ir a cenar hoy con algún familiar y volver mañana antes de las 11 de la noche, como si fuéramos niños pequeños. No podemos salir de nuestros concellos, pero sí pueden venir viajeros de Madrid, del País Vasco, del Reino Unido... De hecho, llevan semanas aquí. Es la nueva movilidad: cierres perimetrales, toque de queda y límites al derecho de reunión. Si de verdad fuera una guerra no habría tantas restricciones.
La nueva movilidad significa que 250.000 personas están concentradas en un área minúscula como la de A Coruña y cuando salen de compras o de paseo lo hacen todas a la misma hora y a la vez. Muy lógico. Significa que no pueden ir a la aldea desde hace meses para ver a sus padres o abuelos, aunque estén en el cementerio.
La gente espera que todo cambie dentro de unas horas, pero lo triste es que en el 2021 todo seguirá igual, al menos de momento. Y todo es todo: los políticos seguirán atizándose en el Congreso -te olvidaste de ellos en tu discurso, Felipe-, y las farmacéuticas seguirán ganando millones a costa de la pandemia. Albert Boula, el CEO de Pfizer que vendió el 60 % de sus acciones tras anunciar la vacuna, debería ser la persona del año en la revista Time.