Las libretas de Beethoven


Se cumplían el miércoles pasado los 250 años del nacimiento de Beethoven y me acordé de sus Cuadernos de conversaciones, que pude hojear una tarde hace años en una librería de la Hardenbergstrasse de Berlín donde tenían la inabarcable edición alemana. Cuando el maestro notó que oía cada vez peor empezó a llevar consigo unas pequeñas libretas en las que hacía que la gente escribiese lo que quería decirle. De ese modo evitaba que tuviesen que gritarle. Llegó a reunir unos cuatrocientos de estos cuadernos, de los que se conservan más de 130.

Esas libretas de conversación de Beethoven son una fascinante paradoja. Sabemos lo que la gente le preguntaba, con todo detalle, pero no lo que él respondía. Beethoven está ahí: todo lo que él pensaba y sentía acerca de innumerables asuntos, desde la música a la política, pasando por el sexo y la comida… pero está por exclusión. Es algo muy extraño esta conversación en la que ha desaparecido una mitad. Los estudiosos se esfuerzan por deducir, por la lógica que siguen las frases de los interlocutores del músico, qué es lo que él les respondía, pero no deja de ser un ejercicio de adivinación. Somos nosotros, ahora, quienes no podemos oír a Beethoven. Leemos que una mujer le comenta que su música le resulta muy difícil de interpretar, pero no sabemos qué es lo que él le responde; un director de orquesta se asombra ante lo que el compositor le acaba de decir sobre la manera correcta de conducir la Novena Sinfonía, y le dice que nadie lo ha entendido así… Lo único que hay de Beethoven en esos cuadernos son sus listas de la compra (un utensilio de cocina, azúcar…) y, de vez en cuando, como una joya brillante en medio de la hierba, algunos pentagramas, pequeñas anotaciones para alguna obra que pensaba componer. Es solo a través de estos fragmentos de música que podemos oír la voz de Beethoven. Una de ellas podría considerarse su última obra: una pequeña pieza para piano, tan solo esbozada. Ni siquiera se molestó en escribir la clave, aunque, considerando la melodía, no puede más que fa menor.

En fin, el caso es que se cumplía el miércoles ese 250 aniversario de Beethoven y buscaba yo en Internet su Claro de luna, porque ya no tengo a mano mis viejos álbumes, con su sonido de fritura cuando dejaba caer uno la aguja del tocadiscos. Quería encontrar esa sonata en concreto, porque recuerdo que la interpretaba mi profesora en el conservatorio cuando era niño. Lo hacía una vez que nos íbamos, después de soportar pacientemente nuestros desafinados y la forma cruel en que aporreábamos el piano, lo que para una auténtica amante de la música debía ser como una profanación. Yo la oía de camino a la puerta, y a veces me paraba a escuchar en la pequeña arboleda que había a la entrada del viejo conservatorio, que era como un lugar de otro tiempo con su estilo neoclásico y sus enormes ventanales. Era de noche y las notas de Beethoven, en la oscuridad, me producían una paz inmensa.

Buscando Claro de luna lo encontraba interrumpido por anuncios, algunos de ellos con música del propio Beethoven como fondo. Vi un artículo de la prensa extranjera en el que el columnista, un profesor universitario, se quejaba de la sobreexposición de Beethoven que, según él «deja en la sombra a muchos otros compositores». No explicaba qué podríamos hacer al respecto. ¿Escucharle menos porque es demasiado bueno? Finalmente, encontré lo que buscaba. Claro de luna completo, sin interrupciones. Lo escuché y la cuestión se resolvió por sí sola.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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