El Sáhara, vendido por 30 monedas

Yashmina Shawki
Yashmina Shawki CUARTO CRECIENTE

OPINIÓN

Zohra Bensemra | Reuters

No seré yo quien cuestione el reconocimiento del estado de Israel por los diversos países árabes y magrebíes. Por el contrario, considero que esta entidad estatal, cuya independencia fue aprobada por las Naciones Unidas en 1948, merece, por fin, dar por finalizadas las más de siete décadas de ostracismo a las que se ha visto sometida por todos sus vecinos de Oriente Próximo. Ello no es óbice para que defienda firmemente el derecho a la existencia de un estado palestino plenamente democrático y próspero. El rechazo frontal de los árabes a la existencia de Israel, que se ha traducido en media docena de guerras y un sinfín de enfrentamientos, levantamientos, ataques y contraataques, solo ha servido para conformar la gran comunidad de millones de refugiados palestinos que malviven en campamentos diseminados por todo Oriente Próximo, además de para acorralar, empobrecer y radicalizar a los que se han negado o no han podido huir. Los palestinos, al negarse a reconocer la existencia de Israel, no solo han ido perdiendo territorio sino también el apoyo de los países árabes, hartos de una causa que ya no sirve a sus fines. Su posición maximalista, lejos de lograr sus objetivos ha acabado por hacerles perder casi todo. Los judíos, por el contrario, a pesar de la diversidad de su sociedad, han sabido construir y poner en marcha una sólida democracia capaz de resistir un estado de guerra permanente, además de transformar un árido territorio en casi un vergel.

Sin embargo, no puedo sino utilizar una metáfora bíblica para calificar el hecho histórico de que Marruecos haya reconocido a Israel como la traición de Judas a Jesús. Marruecos ha vendido su aceptación del estado judío por treinta monedas de plata en forma del reconocimiento por el saliente presidente norteamericano Trump de que el Sáhara Occidental es parte del estado magrebí. Marruecos ha logrado que EE.UU. obvie las resoluciones de las Naciones Unidas sobre el Sáhara, sentando un precedente que, además, coloca a España en una posición diplomática imposible. Puede que sea hora de que nuestra política en relación a Marruecos dé un giro y, en lugar de contemporizar con sus chantajes, empiece a exigir lo que nadie en Madrid ha sido capaz de exigir: respeto y honestidad. Pulso firme para dirigir las relaciones, en lugar de dejarse llevar fingiendo que es en nuestro interés.