Obligado a elegir entre Rufián y Arrimadas, el presidente, haciendo uso de la pura lógica, abrazó a Gabriel y repudió a Inés. «Todo el mundo -decían en el Medievo- tiene asignado su sitio, el obispo en el altar y el criminal en la horca». Y, aunque los tiempos han cambiado, y la política es más amable, sigue siendo verdad que todos tienen asignado su papel: Rufián en la Frankenstein, con mando en plaza, y Arrimadas al pairo, rumiando la foto de Colón. La base parlamentaria sobre la que descansa Sánchez es una deriva aberrante, pero legítima, de nuestro sistema democrático, ya que nadie puede impedir que un pueblo, si lo desea, experimente a placer los efectos del populismo, la fragmentación, la algarabía ideológica y el cuestionamiento destructivo de la unidad del Estado.
Aunque sigue siendo posible cuestionar radicalmente -como yo lo hago- el camino que hemos elegido, y proponer la vuelta a los usos previos del sistema, carece de lógica, y resulta melancólico, querer operar dentro del nuevo orden -porque en eso estamos- como si nada hubiese pasado. España ha cambiado su forma de hacer política y entender la democracia. Y las consecuencias de este cambio, que se perciben con una cadencia cada vez más acelerada y profunda, solo se pueden evitar si se genera una otra mayoría -en las antípodas de la Frankenstein- de la que el electorado, realineado por bloques, sigue estando muy distante.
Así las cosas, no tendría sentido ni racionalidad que los que pusieron a Sánchez en la Moncloa, para poder pescar en río revuelto, le dejasen hacer el presupuesto a Arrimadas y perdiesen el potencial de chantaje que con tanto esfuerzo e ingenio se han ganado. También carecería de lógica que, quien llegó a la Moncloa por el sencillo procedimiento de poner España al servicio del Gobierno, en vez de poner el Gobierno al servicio de España, se dejase sorprender por un ataque de acendrado patriotismo, y destruyese, abducido por Arrimadas, la mayoría que lo sustenta. Y hasta resulta inquietante que se siga invirtiendo tanto diálogo y tanta dulcedumbre en reconducir la inexorable deriva de Sánchez, en vez de aplicar todas las fuerzas y transacciones a reconstruir -con otra lógica- una mayoría compacta que pudiese funcional como la alternativa a las políticas de caos y dispersión que integran el hábitat del sanchismo.
Urgida por su irrelevancia, y por el previo intento de vencer al PP y sustituirlo en su papel de oposición -«los sueños de la razón producen monstruos»-, la otrora rigurosa e infalible Arrimadas ha cometido la triple equivocación de confundir al electorado con su revisionismo estratégico, darle fuelle a Sánchez hasta propiciarle una oportunidad para repudiarla, y obligar a Casado -que ahora hila más fino- a optar por la reconstrucción, desde abajo, de una mayoría liberal-conservadora compacta y coherente. Tres errores que ayudan a explicar por qué Sánchez se está afianzando en el poder en la misma medida en que aumentan el número y la gravedad de sus dislates.