El cruceiro de Madrid


Decía Castelao que donde hay un cruceiro es que se cometió un gran pecado. En el caso del cruceiro que había en la plaza Jacinto Benavente de Madrid es más bien donde ya no está el cruceiro donde se cometió el pecado, que fue el de destruirlo. Los detalles de lo que pasó exactamente son todavía un poco confusos, pero el hecho es que alguien se cargó la cruz de granito que habían tallado amorosamente los estudiantes de la escuela de canteros de Pontevedra y que había obsequiado el ilustre Centro Gallego al no menos ilustre pueblo de Madrid para recordarles que buena parte de ellos son también, en fin, gallegos. Era una hermosa anomalía en esa plaza castiza, donde compartía espacio con el muy merecido monumento al Barrendero Madrileño, que se habrá quedado mirando el destrozo, pensando si aun encima iba a tener él que barrerlo todo con su escoba de bronce.

Los cruceiros se empezaron a levantar en Galicia después del Concilio de Trento, iniciativa, posiblemente, de los franciscanos. Pero popularmente siempre se los vio como una manera de bendecir los cruces de caminos y proteger del mal que se suponía que atraían. Aunque, en principio, no es verdad que se erigiesen en lugares en los que se había cometido un crimen terrible, como fantaseaba Castelao, esto acababa siendo cierto con el tiempo porque la presencia misma del cruceiro obligaba a que la gente se inventase crímenes para atribuírselos a posteriori. Luego, a esos cruceiros se han abrazado los caminantes asustados por un ruido o se han parado a descansar los féretros camino del cementerio, para decir un responso. El resultado es que las cruces de piedra de Galicia conforman no ya un paisaje físico, sino una topografía popular del miedo.

Porque, esto está claro, a los gallegos los cruces de caminos siempre nos han producido cierta angustia. El etnógrafo Taboada Chivite desplegó en un libro su gran erudición para explicar por qué, y se iba al paganismo, a las deidades romanas y demás. Yo, sin querer contradecir al sabio, creo que la cosa es más simple: un cruce obliga a tomar una decisión, y esto ya sabemos que nunca ha sido el fuerte de nuestro pueblo. Sea como sea, Cunqueiro decía que él todavía experimentaba ese temor atávico, y que cada vez que oía decir que «el país se encuentra en una encrucijada» (un cliché periodístico que se repetía especialmente entonces, en los tiempos de la Transición) se ponía nervioso. De hecho, en el artículo en el que lo explicaba en Sábado Gráfico, si mal no recuerdo, se acababa santiguando en la última línea, por si acaso.

El caso es que, si es verdad que los cruceiros protegen del mal de las encrucijadas, debe haber quedado ahora desprotegida la plaza de Jacinto Benavente, que es precisamente una encrucijada en la que confluyen, en número mágico, siete calles: Atocha, Carretas, Doctor Cortezo, Cruz, Huertas, Concepción Jerónima y La Bolsa. He consultado el libro de Taboada Chivite para ver qué es lo que les espera a los madrileños del Distrito Centro y me sale que quedan a merced del merodeo del lobo, a disposición de las ánimas de la Santa Compaña y cosas por el estilo. De acuerdo que parece improbable. Pero, si ocurre alguna de esas cosas, no creo que sirva de protección el monumento al Barrendero Madrileño, a quien supongo un gran poder higiénico, pero no taumatúrgico. Así que yo, por ahora, voy a evitar esa plaza hasta que la Xunta reponga el cruceiro con otro nuevo, como ha dicho que hará. Y, de momento, terminando este artículo, haré como Cunqueiro y me santiguaré en la última línea, por si acaso.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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