El octavo mandamiento


Donald Trump, como el covid, se ha venido resistiendo a desaparecer, y lo hace como el famoso elefante de la cacharrería -que hoy sería Zara Home-, dejando un país enfrentado y en las alfombras de la Casa Blanca, los restos de la fiesta de los cuatro últimos años. Ahora a Biden le toca limpiar. Nuestro Gobierno, siguiendo el camino marcado por Twitter, ha decidido perseguir las mentiras del expresidente que ya se ha ido, y parece que va a meter en la cárcel a los que nieguen la muerte de Elvis y la de Juan Gabriel. 

También a los terraplanistas (con lo bien que me caen) y a los secuaces de Bosé. Pues vaya rollo. A mí, qué quieren que les diga, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias me recuerdan a los papas de antes, Juan XXIII y esos, con su infalibilidad y su dogmatismo de la fe. Pero lo que más les admiro es el desparpajo, el descaro, la desfachatez. Un pasito más hacia el marxismo de la Sopa de ganso, el de Groucho Marx. Descubrir -como ya comenté hace unos días-, que hay setenta millones de votantes de Trump que se quedan, aunque él se vaya, estremece un poco, la verdad. Es buena parte de los Estados Unidos, dicen que son los de la América profunda que tan bien conocen Vilas y Merino, en contraposición a los metropolitanos de Muñoz Molina y Woody Allen, que ahora vende la marca España. Nosotros aquí no tenemos esas diferencias. Aquí pensamos todos lo mismo: que, sobre la verdad, como diría Pau Donés, que parecía gallego, todo depende. Por cierto: la tierra es plana (mira cómo tiemblo).

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