Poder y lenguaje, la esencia de Trump

Carlos Varela Vázquez LÍNEA ABIERTA

OPINIÓN

CARLOS BARRIA | Reuters

«Vencí a este horrible virus de China. Me siento tan potente. Me acercaría a la audiencia y besaría a los tíos y a las mujeres guapas. Os besaría a todos», decía Donald John Trump el pasado 12 de octubre. Los analistas siguen fascinados por su lenguaje y estilo de comunicación. Llama la atención que esa palabrería que mana a borbotones, esa suerte de «corriente de conciencia» que lo convierte en heredero castizo e involuntario de Virginia Woolf, de Joyce o de Faulkner, llegue de forma tan eficaz a los corazones y a las mentes de sus votantes. Fue George Lakoff, uno de los mayores expertos mundiales en lingüística cognitiva y ex profesor en Berkeley, uno de los pocos que observó en su lenguaje una estrategia.

Mientras que la mayoría de los analistas consideran su estilo lingüístico incomprensible e ininteligible, Lakoff descubre que sus estructuras discursivas son deliberadas, ya que Trump ajusta su manera de hablar a la interacción natural con la persona común, tanto para vender productos tangibles como ideas sugerentes. Ahora él es el producto y su lenguaje le sirve para crear su propia marca: frente al estilo más sofisticado que se puede esperar de un candidato, él habla sin guion, con una estructura gramatical simple (de un niño de 4º grado, según el Boston Globe), reiterada, espasmódica y autointerrumpida, que enlaza oraciones largas y seguidas con frecuentes pausas y desvíos del tema principal, que cita a personas que no dicen lo que él dice que dicen, y que repite vocablos y expresiones, a veces con ligeras variaciones en la misma oración, que convierten sus intervenciones en una «ensalada de palabras». Y esto le evita explicar lo que realmente hace.

Son precisamente la repetición y el paralelismo sintáctico dos de sus recursos oratorios más utilizados, ya que hacen que su discurso sea más fácil de interiorizar. Según Lakoff, le sirven como sustituto de explicaciones sustantivas, para fortalecer los circuitos neuronales de los oyentes e imponer así sus opiniones. En esto, Trump es único. Sabe que la repetición es fundamental para controlar y enmarcar el lenguaje y la percepción pública. Lakoff y Bob Woodward coinciden en que los medios muerden siempre el anzuelo y se dedican a repetir, compartir, comentar y divulgar sus expresiones por extravagantes que sean.

Sus mensajes se dirigen a esas personas incapaces de soportar más la complejidad, hartos del discurso institucional. Son mensajes que desatan una sospecha sobre el discrepante. Trump sabe como nadie pulsar los botones del miedo, del odio, de la codicia que cualquier ser humano lleva dentro.