Las botas de Francisco


No era Prada sino Adriano Stefanelli, un zapatero piamontés que ha calzado a Berlusconi y Walesa, quien firmaba los mocasines rojos de Benedicto XVI. Para el mensaje que transmitían, la autoría de los escarpines era indiferente aunque la marca milanesa inyectaba un contexto mucho más coherente con el lujo vaticano. A los pies dirigió la cámara Fernando Meirelles para simbolizar el duelo íntimo entre Ratzinger y Bergoglio cuando los retrató en Los dos papas. Fue una de las presentaciones de personaje más terrestre del cine, el alemán con sus glamurosas gamuzas encarnadas y el argentino con sus botas de trote con tendencia a desatarse, los dos platicando en los frondosos jardines de Castel Gandolfo, una conversación que pretendía ser la de la propia Iglesia enredada como siempre en su tendencia a ensimismarse.

El duelo entre los zapatos corrientes de Francisco y los regios de Benedicto no se resolvió cuando Ratzinger abrió este tiempo de excepciones al entregar la presidencia de la Iglesia en vida. Hace unos días, el papa descendió un peldaño hacia tierra firme al considerar que los homosexuales «son hijos de Dios y tienen derecho a una familia», una evidencia que al fin reconocía un pontífice y que imaginamos concedió paz y sosiego espiritual a todos los gais católicos -algunos sacerdotes- que han vivido preguntándose qué tipo de encarnación maligna los mantenía en la ilegalidad canónica, cuando no directamente en el infierno. Pero en apenas unos días asomó la patita el escarpín colorado y el aparente gesto compasivo de Francisco fue rectificado. Se debate estos días intramuros si alguien tergiversó las palabras del papa, instalado en realidad en lo de siempre, o si es el alma conservadora el que ha rectificado a Francisco. Las botas de Bergoglio siguen perdiendo ante los zapatos de Prada.

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