La lectura de los otros

Miguel Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

ED

Quería deshacerme de unos cuantos libros que ya no me interesan y se me ocurrió meterlos en bolsas y llevárselos a un librero de segunda mano que hay cerca de casa. No parecía de muy buen humor. «Estos libros están muy viejos», me dijo. Miré alrededor, para asegurarme de que no me había equivocado y aquello era, precisamente, una librería de viejo. Cogió uno de los ejemplares y lo miró con decepción. «Éste lo compró aquí, ¿verdad?». No me acordaba, pero así era. «Es posible». «Bueno, déjelos ahí. No puedo darle nada por ellos. Los libros de segunda mano no valen nada» (en boca de un librero de segunda mano, esta me pareció una frase curiosa). «Elija un libro que le guste y lléveselo». No pudo resistirse a hacer una apostilla: «…Y a ver si este le gusta más».

Cogí un libro casi al azar, y me puse a leerlo al llegar a casa. Siempre que empiezo un libro de segunda mano tengo esa misma sensación de estar cometiendo una indiscreción. Es como revisar los pensamientos de otra persona. A veces, hay subrayados que delatan los intereses de quien lo leyó. Cuando hay anotaciones al margen, incluso pueden deducirse sus opiniones. He aprendido a distinguir cuando el libro perteneció a una estudiante aplicada por la manera de subrayar con marcador fluorescente y regla; o a un jurisconsulto jubilado de hace cuarenta años, por el uso anacrónico de la tinta china y las abreviaturas. En ocasiones se encuentra uno con dedicatorias de amigos que, claramente, no han acertado en la elección del regalo, y uno no puede por menos que especular durante unos segundos sobre cuál puede ser la historia que hay tras el rechazo a esa prueba de amistad fallida y sentir cierta lástima. Y luego está el espinoso asunto de los libros robados de bibliotecas… Yo diría que, de los que encargo por Internet en inglés, una quinta parte vienen con sello, algunos incluso con la lista de los préstamos todavía pegada en la página de respeto. Me pregunto, en particular, qué pasa en Reading. Deben de tener una bibliotecaria muy despistada, porque en casa tengo un botín de media docena de volúmenes robados allí. He pensado incluso en escribir una carta al director de la biblioteca, pero ¿para qué?

En estas cosas pensaba, leyendo este libro de segunda mano que me ha regalado el librero, y en que, quizás, también los libros que le había dejado a él revelarán cosas sobre mí -aunque quien quiera leer mis anotaciones tendrá que saber gallego-. ¿Me había desprendido de algún libro regalado, con dedicatoria? Quiero pensar que no, pero no puedo estar seguro. Luego me animé con la idea de que era mejor verlo como un diálogo con un desconocido, igual que para mí es interesante ver qué anotaron los lectores anteriores. A veces se notan hasta tres o cuatro estilos distintos de subrayado, lo que puede considerarse ya una tertulia; la única que me puedo permitir en este año de la peste. Y así, leyendo medio distraído, llegué en el libro a algo que siempre temo: una esquina doblada.

La notoria esquina doblada. Suele ser una mala señal. Si tan solo está la marca de la doblez, es nada más un jalón en el camino, una pausa en la lectura. Pero si está doblada, suele querer decir que ahí el lector se dio por vencido finalmente. En este caso era así, porque los subrayados no seguían. Y lo entendí, porque a mí el libro también me estaba aburriendo. Así que acepté el consejo de mi predecesor en la lectura y lo dejé ahí mismo. Lo he puesto en una pila de libros de los que tengo que deshacerme. Creo que se lo voy a llevar al librero antipático de segunda mano. Quiero ver la cara que pone.