Una Rebecca «influencer»


Cuando se cumplen ochenta años del estreno de Rebecca, el director Ben Wheatley ha pensado que era el momento propicio para volver a caminar sobre las huellas de Alfred Hitchcock, nada menos, y recorrer los pasillos de un nuevo Manderley. Y ha hecho, en conmemoración, una revisión de la novela clásica de Daphne du Maurier cuyo resultado se sitúa a universos de distancia de su precedente en el cine. Es una misión arriesgada recoger la herencia de un director pionero cuando lo único que se va a aportar a una obra maestra es un armario de tendencias con el que contentar a todas las influencers que están promocionando la película con entusiasmo. Aquellos que no hayan visto el filme de 1940 tampoco notarán la diferencia.

La última actualización de Rebecca es una propuesta plana en la que faltan oscuridad y suspense y sobran poses y vestidos. El viudo Max de Winter luce, desde luego, mucha más masa muscular que Laurence Olivier y aprovecha el salto del blanco y negro al color para lucir un llamativo traje color mostaza que se queda en la retina. De su interpretación apenas se recuerda nada. Tampoco la nueva señora De Winter, una Lily James que vuelve a ser una cenicienta después de Cenicienta, logra conmover con su forzada fragilidad y los giros de su personaje. Ni la desalmada señora Danvers llega a infundir miedo en este telefilme con aspiraciones.

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