Navidad 2020


Este domingo me di cuenta de que estamos a dos meses justos de la Navidad. Lo confieso: me invadió un escalofrío. Porque viendo aumentar los infectados diarios por covid-19 en la magnitud en que se está produciendo, van a ser muchas -probablemente miles- las personas que no van a llegar a comer el turrón, que van a morir en estos dos meses solo en nuestro país. Es pura matemática.

No sabemos quiénes serán o seremos… porque nadie está libre de esta lotería. Es muy natural que aparezca el temor, pero con el miedo no vamos a ninguna parte. Lo mejor es que esta constatación movilice nuestra prudencia y nuestro sentido común: lavar las manos con frecuencia, distancia física, disminuir todo lo posible los desplazamientos fuera de casa. Claro que practicar autorregulación y disciplina social no es fácil, pero es lo que toca: pido de las autoridades públicas mano firme con aquellos ciudadanos reacios a cumplir con ellas.

Yo no sé ustedes, pero a mí toda esta circunstancia tan rara, tan dramática y lo que te rondará, morena, me está ayudando a no perder el tiempo en banalidades, a saborear con gusto las pequeñas cosas de cada día. También me confirma la necesidad de reorientar nuestro modelo económico, social, cultural y político. «La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida», cantaba el brasileño Vinícius de Moraes allá por los años 60. Pues eso, a ver si aprendemos de una vez a tender puentes.

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