Problemas perversos


En un artículo publicado en 1973 en la revista Policy Sciences, dos profesores de la Universidad de California definieron un tipo de anomalías que denominaron problemas perversos (wicket problems), que pueden entenderse como de una gran complejidad. Sus ideas arrojan algo de luz sobre el planteamiento de la solución contra el problema perverso que padecemos.

 Frente a estas dificultades, los resultados de cualquier intento de solución se vuelven impredecibles. No existen ni mejores ni buenas prácticas catalogadas para hacerles frente porque no sabemos con antelación si una determinada solución va a funcionar. Solo podemos ensayar, analizar los resultados y adaptarnos a las respuestas.

Un sistema complejo como es esta pandemia está compuesto por muchas partes interconectadas, cuyos vínculos contienen información adicional y oculta al observador. En sistemas así, existen variables cuyo desconocimiento nos impide analizar el sistema con precisión y encontrar una solución única y correcta que sea eficaz, por ejemplo, una vacuna o el confinamiento.

Legislar sobre este problema perverso es inútil porque las leyes no pueden recoger la complejidad de las interacciones entre individuos y solo pueden identificar las interacciones a grosso modo y fáciles de definir.

Quizás por esto cerrar una ciudad no sirve del todo porque no interviene en la interacción de sus habitantes que, sin duda, es una de las causas del mantenimiento del problema.

En entornos tan complejos, los expertos sirven para poco porque lo que define a un problema perverso es que no puede ser definido hasta después de haberse resuelto; teniendo en cuenta, además, que los que tratan de solucionar un problema perverso y los que lo causan o lo agravan pueden ser las mismas personas.

¿Cómo resolver este tipo de situaciones?

La primera idea es que estos problemas no se resuelven jamás, pero pueden atenuarse o perder vigencia si cambian las condiciones del entorno -las relaciones entre sus enlaces- que es el lugar donde el problema anida.

En esto consiste esta nueva anormalidad que empezamos a desarrollar, teniendo en cuenta que los problemas perversos tienen tendencia a empeorar con los esfuerzos por mejorarlos. Legislar el ocio nocturno, por ejemplo, empeora el problema.

La segunda idea es que la resolución del problema perverso solo puede obtenerse a través de principios éticos y no técnicos o policiales: o se hace usted responsable de la salud de todos o no hay vacuna ni confinamientos que valgan.

Lo malo es que el ciudadano inmaduro del bienestar -a quien cualquier aroma de autoridad le produce alergia- le gusta vivir en la premisa de «déjenme en paz, ocúpense de mi felicidad y resuelvan el problema».

Todo problema perverso puede ser considerado como un síntoma de algo más complejo.

Y aquí lo dejo.

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