«Big Mata»

Luis Ferrer i Balsebre
Luis Ferrer i Balsebre EL TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

DPA vía Europa Press

04 oct 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

La neurotecnología está llamada a ser la última frontera del conocimiento y sus fieles seguidores aseguran que la ciencia llegará a conocer cómo funciona el cerebro humano. Pero uno de los sumos sacerdotes de este afán -el neurobiólogo español Rafael Yuste, catedrático en la Universidad de Columbia- ha llamado la atención sobre la necesidad de comenzar a legislar cuanto antes nuevos derechos humanos que protejan a la ciudadanía de los abusos potenciales de esas tecnologías que podrán leer y escribir nuestra mente.

El físico de profesión (y emprendedor de pulsión), el magnate Elon Musk, dueño de Tesla y otras muchas empresas más de tecnología punta, ha fundado la empresa Neuralink, que busca introducir la inteligencia artificial dentro del cerebro humano conectando el cerebro al ordenador, aunque sea trepanándote el cráneo sin dolor. Esto -subrayan- solo sería una aplicación más, porque en realidad lo que quieren es combatir algunas enfermedades cerebrales hoy incurables. Tan loables fines han hecho florecer más empresas con los mismos objetivos como Kernel, fundada por Brian Johnson (otro benefactor de la humanidad) en Silicon Valley. Se huele un negocio redondo.

No es extraño que, dada la dependencia tecnológica que ha desarrollado la humanidad, pueda parecernos un gran avance que nos instalen conexiones cerebrales directas al móvil y ampliar así memoria y conocimientos; pero se equivocan, seremos más tontos, en realidad ya lo somos.

Lo somos porque sin el auxilio de un terminal celular la mayoría de la población ya no sería nada. Zánganos libando la miel del atontamiento entretenido que regalan su intimidad al precio de la libertad bajo la fórmula: «Yo le vendo lo que quiera si usted se vuelve transparente y deja que yo le diga lo que necesita». Nos incorporamos así al Big Data que más bien es un Big Mata.

Hasta aquí todo parece lógico, pero hay un error de partida que la neurotecnología parece no tener en cuenta. Una cosa es conocer completamente cómo está hecho y cómo funciona el motor de un vehículo y poder manipularlo, arreglarlo, rectificarlo, desguazarlo... Y otra cosa es conocer cómo funciona el conductor del mismo. El desciframiento del genoma humano no nos ha servido para conocernos mejor que las enseñanzas de Shakespeare o Cervantes.

Son precisamente los saberes humanistas que se acercan al enigma de la mente humana lo que se está devaluando en la sociedad.

Gracias a la neurotecnología seremos gorilas con un ordenador implantado en la cabeza que no necesiten estudiar, ni copiar, ni pensar. Cementerios de datos que nada dirán de nosotros mismos y que pagan tributo con derecho de pernada a los nuevos Señores del Aire que implantan sus fortalezas en nuestros cerebros.

Si el virus no lo remedia.