Trump, busca el gafe que te sigue


Iba Donald Trump más lanzado que su Air Force One hacia la reelección cuando todo le ha empezado a salir mal. La última para el POTUS -acrónimo de Presidente de los Estados Unidos en inglés- ha sido el covid. El principio de todos sus males. Lejos de combatir la pandemia que ha amargado a casi todo el planeta en este fatídico 2020, el magnate, acostumbrado a desoír todos los consejos, especialmente aquellos que pudieran resultar más positivos, decidió fiarlo todo a la economía.

La locomotora financiera del país iba como una ídem: las tasas de paro en los niveles más bajos en décadas, las exportaciones subiendo, la bolsa rompiendo récords de beneficios en todos sus índices... La batalla demócrata desgastaba a sus potenciales rivales entre el «comunista» Bernie Sanders y el «socialista» Joe Biden.

Nada podía salir mejor en el imaginario del teórico hombre más poderoso del planeta. Pero llegó el covid y, como muchos otros bocazas, negó lo evidente: la amenaza no era fantasma, sino muy real y tangible. Y todo lo que iba saliendo bien, se torcía: el paro se duplicó, la economía se ralentizó, las bolsas empezaron a caer... Hasta detuvieron al estratega jefe de su victoria electoral, Steve Bannon, por quedarse el dinero de las donaciones de algunos incautos que creían que iban a ayudar a pagar el muro en la frontera mexicana.

Lejos de asumir su error con la pandemia, reaccionó como un niño caprichoso y lo negó todo. No importó que contrajeran el maldito virus estrechos aliados suyos, igual de inconscientes, como Jair Bolsonaro o Boris Johnson. Incluso Silvio Berlusconi.

Donald siempre se negó a ponerse la mascarilla. Incluso despreció este mismo miércoles a Biden por negarse a quitarse la protección facial en su primer cara a cara en Cleveland. «Es ridículo», le llegó a decir a su contrincante en medio de otro sinfín de descalificaciones impresentables. Biden hizo caso a los expertos y ello quizá le haya salvado la vida por su condición de paciente de riesgo.

La mala noticia para el mundo es que Trump pasará ahora catorce días de cuarentena -que es de suponer sí respetará- a solas con su amado Twitter. Más de trescientas horas con las que incendiar las relaciones con medio mundo, desprestigiar a sus rivales y, quizá, para buscar al gafe que le persigue desde que decidió ignorar la maldición del covid.

Dicen que a Boris Johnson el contagio le hizo cambiar, que ahora es más prudente y menos aguerrido. Ojalá se convierta en un efecto secundario contagioso entre quienes nos mandan.

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