El obediente desobediente


A Quim Torra aún le quedan un par de pataleos, pero ya es historia. No pasará a los anales por su trabajo. Nunca fue un estajanovista. Tampoco lo hará por su coherencia. Dejó una cómoda poltrona en una multinacional suiza para convertirse en editor a la sombra de las subvenciones de la Generalitat y ha hecho toda su carrera obedeciendo desde las últimas filas. Por eso choca que en su poco épico adiós se vaya pidiendo a los demás que hagan lo que él no se ha atrevido: desobedecer las leyes que entre todos nos hemos dado.

Torra no se va por defender la libertad de expresión. Se va porque incumplió la ley y, lejos de rectificar, se jactó de ello ante el tribunal: «Sí, lo hice», le dijo al magistrado. Le faltó la coletilla «y lo volveré a hacer», porque tiene una segunda sentencia en camino por no respetar la neutralidad electoral de las instituciones.

Torra se va como simple báculo de los caprichos del huido Puigdemont. Ni una sola ley lleva su firma y solo puede presumir de ver como la otrora pujante Cataluña se desangra económicamente en medio de la pandemia. Solo le falta la lira para recordar a Nerón en Roma.

El inhabilitado ha aceptado humillación tras humillación desde que alguien se acordó de él en la última fila del Parlamento. Ha visto cómo han destrozado su partido, cómo le han dicho qué puede hacer y cuándo y hasta lo que tenía que decir. Ha obedecido tanto que parece increíble que sea condenado por desobediencia. No será un mártir de la independencia. Solo otro juguete roto de esa pequeña élite que solo piensa en sí misma.

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