Uvas maduras


Si hemos de creer a Vivaldi, el otoño entra en forma de allegro de violines. En sus famosas Cuatro estaciones es el verano el que es triste (allegro non molto), con sus sequías y sus tormentas que asustan a los pastorcillos. El otoño, en cambio, es el tiempo de la caza, el aire templado y la vendimia. De hecho, en el segundo movimiento se encuentra la que debe de ser la primera representación de la resaca en la música clásica -una resaca que yo conjeturo que debe ser de prosecco, considerando la geografía y la melodía. 

Todos los años, yo le presto una atención especial a la llegada del otoño. Entre otras cosas, porque me llamo como él. Su fecha oficial importa poco, porque el otoño empieza en distintos momentos en distintos lugares; hasta se podría decir que es una sensación más que un momento. Y a mí me parece que empieza el día 29 de septiembre, día de San Miguel, para ser más exactos a la hora del Ángelus, como en el cuadro de Millet. Es decir, la semana que viene. De esta condición de tocayo del otoño pienso que me podría venir un cierto espíritu nostálgico, como les pasa a los personajes del Cien años de soledad de García Márquez, cuyos nombres determinaban su manera de ser. «San Miguel das uvas maduras… que tarde me vés, e que pouco me duras», decía mecánicamente mi tía Marina siempre que oía mi nombre. Ese dicho es el equivalente gallego del tempus fugit virgiliano, del in ictu oculi barroco, del Mais où sont les neiges d’antan… de Villon, solo que se entiende mejor. En fin, la idea de que el tiempo pasa. No es extraño que sea esta la estación que suscita más pensamientos filosóficos: el paso del otoño al invierno es una gradación, el del verano al otoño es, en cambio, una epifanía, una primavera al revés. 

A mí, cuando pienso en el otoño, se me vienen a la cabeza siempre los mismos recuerdos, tres o cuatro: ir en coche a Meira de niño y contemplar los campos de Terra Cha cubiertos de espantapájaros asomando en la niebla; volar sobre Francia y poder distinguir en las tierras del vino el color amarillo brillante del blanco y el carmesí del tinto; el otoño en China, donde los árboles eran exactamente como los del juego de café que tenía mi abuela, y que, como en la Nueva Inglaterra americana, se cubrían de unos vivos colores dorados y rojos como en ningún otro lugar del mundo… Sobre todo, es el recuerdo de ir al Instituto de Lugo por el paseo escoltado de tilos, oliendo el vapor de los churros de alguna barraca rezagada de las fiestas, y el crujir de las hojas acorazonadas bajo los pies, secas y amarillentas como las páginas de un libro viejo.

Mi amigo Santiago, que, como hacían los señores del renacimiento italiano, se ha ido a pasar la epidemia al campo, me dice que los robles de alrededor de su casa todavía están verdes, pero que ya empiezan a amarillear un poco algunas hojas. Me ha dado una sana envidia, porque aquí, en la gran ciudad, las estaciones las marcan hechos administrativos y pequeñas molestias: el cambio de trimestre, la vuelta al colegio de los niños, y pronto el ruido ensordecedor de los «sopladores de hojas» del ayuntamiento… Así que haré lo único que puedo hacer este otoño. No sé dónde hay tilos, pero en la calle perpendicular a la mía, como en muchas de Madrid, hay arces americanos. Iré a ver en un par de semanas si sus hojas están ya del color del papel de estraza. Y de momento me compraré un racimo de uvas en la frutería para ir comiéndome una uva de vez en cuando, como quien se va comiendo los días que pasan. «Tarde me vés… pouco me duras».

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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