La vida de las palomas


El confinamiento, el alejamiento, la mascarilla, todo son palabras vanas. Las palomas de mi ciudad ignoran la distancia social y se acercan cada vez más, no solo entre ellas -lo de los palomos ya no tiene nombre-, sino a los ciudadanos. Incluso a los que caminan, a los cuales cortan el paso como los bandoleros de sierra Morena o el Foucellas. Las palomas desprecian las matemáticas y los informes, ignoran a Simón, a Salvador Illa, Sánchez, Núñez Feijoo. Y ya me gustaría a mí ver a los rastreadores buscando entre bandadas de palomas a individuos sospechosos. Miles de aves grises que vuelan como flechas, que en el suelo se mueven al tuntún, que zurean y no sueltan prenda, que, en fin, son tremendamente irresponsables. En cambio yo, que me fijo, no veo ya sonrisas más que en los ojos de mis vecinos, porque las bocas han desaparecido. Veo mascarillas, prudencia y civismo. Y por eso no entiendo lo que nos está pasando, por qué no conseguimos controlar el bicho y arrojamos las cifras más catastróficas de Europa. Y entre los arbustos de las estadísticas, porque la vida sigue y el vivo al bollo, muchos de nuestros políticos, como los pobladores de tierra en los naufragios, se emplean en el saqueo y la rapiña, en arrimar el ascua a su sardina. Mientras, en la calle, más que nunca, rebotan los versos de Bécquer: «porque son, niña, tus ojos verdes como el mar, te quejas; quizás si negros o azules se tornasen, lo sintieras».

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