Las cabinas


Para mi generación, la cabina telefónica era un artefacto inquietante. La culpa la tenían el gran José Luis Garci y Antonio Mercero. El primero había escrito, y el segundo dirigido, aquel mediometraje de televisión que se llamaba así, La cabina, y que pusieron en Televisión Española en el año de 1972. Los que tengan la edad adecuada se acordarán de aquella historia, una especie de Kafka a la española, en la que José Luis López Vázquez se queda encerrado en una cabina. El teléfono no funciona. La gente le mira con curiosidad, pero nadie le ayuda. Hasta que al final llegan unos misteriosos operarios de mono azul que se lo llevan en un camión a un garaje donde hay más cabinas con otros infortunados dentro que se han ahorcado o son ya esqueletos. Alegría. Entonces la televisión era una comunión nacional, todo el mundo veía lo mismo a la misma hora, y yo creo que aquella noche nadie durmió en España. Durante semanas, se veía a la gente en las cabinas sujetar la puerta con el pie para que no se cerrase, y durante años se siguió haciendo el chiste de meterse en una cabina y hacer como que uno no podía salir. Hasta el propio López Vázquez lo hacía en los anuncios de Telefónica.

Lo recuerdo ahora, al enterarme de que el Gobierno ha decidido que se retiren definitivamente todas las cabinas telefónicas. Resulta caro mantenerlas y ya muy poca gente las usa. Por lo visto, hace cuatro años quedaban 18.000 aparatos y la mitad no habían registrado ninguna llamada en todo el año. Ahora serán todavía menos, y la gente que las utiliza, seguramente, menos aún. La verdad es que se han convertido en una redundancia en el paisaje urbano. Con sus teléfonos rotos, y a menudo descolgados, con repertorios de escatología grabados por todas partes, empapeladas de ofertas de alquiler por habitaciones, clases de inglés y fotos de mascotas perdidas, las cabinas parecen más bien altares de una religión olvidada.

O quizás no de una religión, pero sí de una antropología, la de la intimidad. Porque las cabinas, que, como tantas cosas, llegaron en la década de los sesenta, eran inicialmente una exaltación de la privacidad, una arquitectura en mitad de la calle cuyo único objeto era evitar el cotilleo, un grave problema social en aquella época. Yo todavía recuerdo las que funcionaban con una peseta. El duro se empezó a usar, si no me engaño, a mediados de los setenta. En los ochenta se hizo frecuente verlas vandalizadas. En los noventa alcanzaron su apogeo (llegó a haber 100.000). Luego la telefonía móvil se convirtió en una prolongación de nuestra mano y ahí llegó el fin de las cabinas; no solo por razones tecnológicas, sino también psicológicas: en este mundo en el que nos pasamos el día dándole a aceptar en Internet cuando nos preguntan si queremos que nos espíen, a nadie le importa que le escuchen sus conversaciones.

Se van las cabinas, y la verdad es que no me inspira ninguna melancolía, porque lo que queda ya no son cabinas de verdad sino ese horrendo modelo que es como un atril cubierto. Por lo que sé, tan solo se va a conservar una de las viejas cabinas. O, más bien, se va a construir una réplica de aquellas de peseta que había en los setenta, y colocarla en la plaza del Conde del Valle de Súchil en Madrid. Se hará, precisamente, en homenaje a Mercero, que rodó allí La cabina -en realidad, fue en una placita que hay al lado, en la calle Rodríguez San Pedro, pero ahora está cerrada y es un garaje-.

Como vivo muy cerca he ido esta mañana y, o soy muy despistado, o no está ahí todavía. O eso, o los operarios siniestros de mono azul se la han llevado con alguien dentro.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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