Cierre la puerta al salir, señor Iglesias


La frase no era exactamente así, la frase la pronunció en sede parlamentaria el vicepresidente del Gobierno dirigiéndose a un diputado de la oposición. Yo me dirijo al líder de la formación Unidas Podemos para que cuando salga del Ejecutivo no se olvide de cerrar la puerta.

Nos libraremos entonces de la bicefalia neurótica de un Gobierno con dos sensibilidades, en muchos casos antagónicas. Mientras unos susurran sin mucho convencimiento monarquía, los otros proclaman a los cuatro vientos república.

Y puede parecer -tú, Carmen re (Calvo) recibes a Ciudadanos, mientras Pablo (Iglesias) habla con Bildu y Esquerra- un diálogo de besugos con el matiz de que los besugos somos nosotros, los ciudadanos de a pie.

De aquel pretencioso aprendiz de intelectual que llevó el barco del 15-M, desde la puerta del Sol al cercano Parlamento de la carrera de San Jerónimo, de aquel profesor universitario que quiso ser el Zizek, o el Laclau español, responsable de una célula que diseñaba asaltar los cielos del poder desde un análisis torpemente más leninista que marxista, poco queda ahora cuando disfruta feliz del ejercicio del poder.

Pasó de las tesis levemente revolucionarias a la narrativa elaborada de Vuillard (la guerra de los pobres), de la serie Juego de Tronos, y sus connotaciones juveniles a The tunnel que recomienda a sus allegados como imprescindible lectura visual de «globalización, proyecto europeo, geopolítica».

Aquel muchacho del alfabeto político, del discurso bolivariano, pasó de la tesis al chascarrillo, al dirigirse desde su escaño del banco azul, a un diputado popular mofándose de su acento murciano -«vocalice un poco más»-, como si comentara una película en la que se podía reír del acento gallego que exageraba Xan das bolas, inventor del xambolismo, que parece no desdeñar el señor vicepresidente del Gobierno.

Que al fin y al cabo, tiene el privilegio de ser en este siglo, corte de Versalles aparte, el primer vicepresidente del Gobierno de un país europeo que luce moño y pendiente.

Y no voy a caer en la trampa de traer aquí su chalé madrileño para recordar su modesto piso vallecano utilizado como atrezzo, como puesta en escena de una manera de vivir. No. Ni siquiera aludir a su justificación de escraches, o de la cultura okupa, ni recordar los programas de una televisión instalada en el madrileño barrio de Vallecas que financiaba el gobierno iraní. No.

Solo deseo que al salir cierre la puerta, la puerta de una España que yo no sé, ni quiero, interpretar desde sus premisas, un país incapaz de encontrar el norte en la rosa de los vientos convertida en frenética veleta que gira en todas las direcciones.

Al salir cierre la puerta, señor Iglesias.

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