Panchito es la semilla de cacahuete frita, generalmente con sal. O eso dice el diccionario de la RAE. Pero es una de esas palabras que se retuercen hasta convertirlas en una especie de hierro de marcar. Panchitos les gritaba una chica a otras personas con las que compartía vagón en el metro de Madrid. Es aquí cuando la expresión «mal compañero de viaje» cobra todo el sentido. Porque a pocos les apetecería compartir trayecto con unas adolescentes de 15 y 16 años que vomitan rabia y escupen xenofobia (literalmente). Amenazan, insultan, hablan de selvas... Ellas, a juzgar por las imágenes de ese vídeo viral que ha difundido e inmortalizado sus hazañas, se sentían invencibles. Pero han sido identificadas. Sorpresa. «Nunca me había pasado». Ellas, que creían que no le deben explicaciones a nadie, se topan con la Fiscalía de Menores. No estaría mal uno de esos castigos ejemplares que ponen a los chavales ante el espejo de sus propios delitos al margen de la capacidad económica de sus familias. Ojalá algo que hiciera que estas chicas se pusieran en la piel del otro. Pero, al margen del camino legal del asunto, aquí viene la segunda parte de este cuento a la espera de moraleja. En las redes sociales se inició una cacería multitudinaria para localizar a las agresoras, para hacer públicos sus nombres, para arrojarlas a la arena del circo romano digital. Se inauguró una competición por ver quién podía exponer más a cualquiera de ellas, olvidando sus edades y también cómo se desvanece la frontera entre la crítica más feroz y el acoso, que pueden parecer hermanos pero nada tienen que ver. Y así se sigue moviendo el péndulo del odio. Hasta que nos golpea en la frente.

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