Nuestra sociedad de la prisa sufrió una estrepitosa salida de vía y andamos descarrilados. Íbamos lanzados hacia el paraíso inalcanzable y el covid nos tiene tirados en la cuneta. El bicho es duro de pelar, pero hay que reconocer que tuvo grandes ayudas. De unos y de otros, de arriba y de abajo. El empeño de muchos acabó conquistando los primeros podios de la torpeza. Como si las contrariedades surgieran del interior del tiempo. Tenía razón aquel que decía que nos fascina la perdición. La obligación de todos nosotros es no contribuir a aumentar las miserias del mundo, pero es muy dudoso que lo estemos consiguiendo. Cuentan que Ramón Llull, teólogo, filósofo y alquimista, entre otras cosas, proponía a los consiliarios de Viena en 1311 «la necesidad de buscar el bien público de la cristiandad». Su propuesta ya fue tachada de fantasiosa por un abad compañero. Y en ello seguimos: anclados en el fango. El coronavirus nos tiene bien cogidos por el pescuezo y seguimos empeñados en no salir del pozo. Espionajes, consultoras, broncas por las huidas reales, bloqueos políticos, y el virus saltándose todas las barreras y poniendo contra las cuerdas la salud, la economía, la cultura, y, en general, nuestra vida, que está como secuestrada por el miedo a un fantasma que nos ha robado la primavera, todo el verano y que está comprometiendo el otoño que aún no llegó, mientras sus señorías siguen avanzando a lomos de la cabalgadura de la demagogia. Los viejos monjes rezaban para alejar los sueños. Ahora no es necesario, ya huyen ellos mismos. Vuelen con las alas negras de los murciélagos.

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Alas negras