Sánchez y su vicepresidente florero


«Era una información muy sensible». Así justifica el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el hecho de que tanto él como la vicepresidenta tercera, Nadia Calviño, hayan ocultado durante meses al vicepresidente segundo, Pablo Iglesias, sus múltiples reuniones y conversaciones con los representantes de Bankia y CaixaBank para diseñar la fusión bancaria que dará lugar a la mayor entidad financiera de España. Al jefe del Ejecutivo le faltó decir que era una información demasiado sensible como para ponerla en manos de alguien como Iglesias, aunque a buen entendedor pocas palabras bastan. El desprecio de Sánchez y Calviño al líder de Podemos resulta más relevante por el hecho de que Bankia no es un banco cualquiera, sino una entidad en la que el Estado posee una participación del 60 %. Nada de esto se comunicó a Iglesias, que siguió durante todo este tiempo a por uvas. Para hacerse una idea, en el punto 79 del programa con el que Unidas Podemos se presentó a las generales se afirma que «con carácter inmediato se elegirá por tres quintos del Congreso una nueva presidencia de Bankia» para proceder a su nacionalización. Con semejantes propuestas, se entiende que nadie le diera vela en el entierro de la fusión. Iglesias creía haber asaltado el cielo financiero asistiendo a un acto junto a la plana mayor del Ibex 35. Pero Sánchez, el presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri, y el consejero delegado de CaixaBank, Gonzalo Gortázar, que estaban allí, le ignoraron por completo y mantuvieron su secreto.

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Sánchez y su vicepresidente florero