Preocupaba ver a Pablo Iglesias comenzar el curso más difícil de su vida con un moño soriano y dos pendientes, uno en cada oreja, el izquierdo con forma de aro y el otro de esos del tamaño de un botón de camisa que se puede ir agrandando, como el cuello de las mujeres jirafas de Birmania.

La sabiduría refranera afirma: «Cada cosa a su tiempo y los nabos en Adviento».

Uno de los cambios más evidentes que nos ha traído la hipermodernidad ha sido la adultización de los niños, junto con una infantilización/juvenilización de los adultos, lo que supone una desestructuración del ciclo vital humano acortando y alargando etapas. Nos adaptaremos al cambio -qué remedio nos queda-, pero prolongar y reducir las etapas vitales lleva aparejado cambios a nivel psíquico desincronizados de las edades cronológicas.

Ver niñas de trece años exhibiéndose voluptuosas en Instagram como Myles Cyrus, o chavales que a los 18 años han corrido más que con treinta, señala vacíos en el programa que no sé cómo se acabarán rellenando.

Cada cosa a su tiempo y los nabos en Adviento, comerlos fuera de temporada indica que no son de aquí o son de invernadero.

No tengo nada contra los moños y las coletas -yo mismo lucí una ridícula- y tampoco contra los pendientes, pírsines o tatuajes. Pero resulta que el señor Pablo Iglesias tiene 41 años, tres criaturas que educar y un país que sacar adelante a izquierda y derecha; no me tranquiliza nada que durante las vacaciones el señor vicepresidente pierda un minuto en elegir el moño y los complementos de temporada.

Espero, confío, en que bajo ese aspecto de jovencito rebelde y juvenil sea capaz de ponerse el moño por montera y hacerlo bien.

El coletas o ahora la moños.

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El moño