El otoño y la mula


mientras usted lee esto, el viento sopla con fuerza desde el monte Pindo y desmelena las olas que vienen de alta mar lamiendo Finisterre y que yo contemplo desde mi ventana. La mar llena de borregos. Son los estertores del verano surrealista que nos deja un futuro incierto. El enemigo invisible se ha convertido en una maldición bíblica, como aquellas con las que Yavé castigaba el pecado. Y, como en la Edad Media, nos miramos los unos a los otros con desconfianza, nos evitamos como a los leprosos de Ben Hur, queremos expulsar de la comunidad a los pecadores y volver por fin al mundo feliz del Paraíso Terrenal. Y ese es el caldo donde se van cocinando las políticas y las ilusiones. Las elecciones de Trump, los crímenes de estado de Putin, los trapicheos políticos de Maduro… Y aquí, qué quieren que les diga, el jarro de agua fría del cartel de Patria, que de un brochazo se carga la gran verdad de la novela de Aramburu, que no era más que contar la historia desde dentro.

En realidad el covid ha traído algo tan simple como la muerte indiscriminada, inesperada. Esa que había desaparecido de las sociedades del primer mundo. Y en medio de ese futuro en que vivimos se ha plantado como una mula terca rodeada de tábanos y moscas, recordándonos cómo era la vida en los tiempos de nuestros abuelos, cuando la gente todavía se moría.

Pero nuestros jóvenes de las ciudades no han visto nunca antes una mula. Se tapan la nariz, se ponen la mascarilla y salen a la calle muertos de risa.

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