Fata morgana


Navegábamos despacio sobre el mar plomizo, en una calma inesperada, bajo un cielo sorprendentemente claro. No era lo habitual en aquellas latitudes. Durante varios días nuestro buque había ido costeando a lo largo de todo el litoral de Noruega, tocando puerto en las pequeñas ciudades, embarcando y desembarcando correo, bicicletas, coches, vecinos y turistas, y ahora habíamos tomado el rumbo de las Islas Lofoten, en el extremo norte del país, más allá del Círculo Polar Ártico. Pero todavía estábamos lejos, en medio del mar. Por eso me pareció insólito lo que vi de repente al subir a cubierta. En el horizonte temblaba lo que parecía la silueta de una ciudad amurallada de altas torres y agujas de catedrales, como las de los pintores costumbristas flamencos. O más bien parecía un cuadro surrealista, una obra de Dalí o de Magritte, porque tenía un aire fantasmal, como de otro mundo. Había otros pasajeros apoyados en la barandilla, contemplando, pero eran gente de la zona que hacían esta ruta con frecuencia y parecían más divertidos que desconcertados. Entonces me di cuenta de qué se trataba: era la famosa «fata Morgana», un tipo de espejismo muy realista que se da con frecuencia en los mares helados.

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Fata morgana