La rebelión de los alcaldes


Lo que ocurre en la guerra de los alcaldes se parece mucho a este cuento: érase una vez un Gobierno necesitado de recursos económicos. Le fallaban los ingresos por la caída de la actividad económica. Se había metido en importantes gastos nuevos, pero imprescindibles, porque había que socorrer a millones de personas necesitadas por una crisis sanitaria que se presentó sin avisar. Las arcas del Estado crujían. Las cifras del déficit y del endeudamiento batían récords. No se podían subir los impuestos, porque perjudicaría todavía más la recuperación y desalentaba a los inversores. La señora ministra que tuvo la mala suerte de ser de Hacienda en ese momento buscaba dinero desesperadamente y de pronto vio una mina: dentro del Estado que hacía sonar trompetas de ruina, había unas instituciones llamadas ayuntamientos que tenían ahorrados 14.000 millones de euros. A la ministra se le pusieron los ojos chiribitas y se dijo: ¿unas administraciones públicas que tienen fondos? No le importó que el origen de esa pasta fuese una decisión de Rajoy y Montoro y se dijo, como suelen decir todos los ministros de Hacienda: «Ave que vuela, a la cazuela».

Se trató de cuidar la liturgia, Pedro Sánchez llamó a Abel Caballero, alcanzaron un acuerdo que, dicho bruscamente, consistía en que el Gobierno metía la mano en las arcas municipales y, a cambio, se les otorgaban 5.000 millones a fondo perdido para taparles la boca y los 14.000 les serían devueltos en un plazo de diez o quince años. Caballero defendió el acuerdo como las luces de Navidad de Vigo. Pero los alcaldes no sometidos a disciplina socialista saben sumar y restar y saben compararse con las autonomías y se rebelaron. Ayer 31 regidores de 13 partidos distintos se reunieron y dijeron que por ahí no pasan, que quieren ser como las autonomías, que los 5.000 millones se tienen que repartir con criterios objetivos de población y los 14.000 de sus ahorros se tienen que consensuar de otra forma.

Resultado político provisional: la unidad reclamada el lunes por el presidente es posible, pero contra él. Si el Gobierno no rectifica, la votación del decreto-ley en el Congreso supondrá su primera derrota en esta legislatura. Incluso una parte del Ejecutivo votará contra sí mismo, porque Unidas Podemos está con los alcaldes rebeldes. La soledad del PSOE será clamorosa y el proyecto de Presupuestos del Estado sufrirá la primera herida, justo ahora que las partes socialista y podemita del gabinete habían empezado a dialogar sobre su contenido.

Quedan unos días para intentar enmendar el patinazo, pero el Gobierno no mostró ninguna intención de rectificar. Allá él. Lo tendrá que hacer por la fuerza y después de una humillación parlamentaria. Y, personalmente, lo siento por Abel Caballero, que, como presidente de la FEMP, también será el derrotado. Es lo que pasa cuando la lealtad de partido se impone a la sensibilidad de regidor.

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