«Entonces Pilato, viendo que nada adelantaba, sino que más bien se promovía tumulto, tomó agua y se lavó las manos delante de la gente diciendo: ‘‘Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis’’» (Mateo 27:24). Esta es la parte del evangelio que, desde que decayó el estado de alarma y las comunidades autónomas recuperaron el mando, invoca como un mantra Pablo Casado. Poncio Pilato no es otro, en su versión, que Pedro Sánchez, el hombre que anteayer apilaba cadáveres en el porche de la Moncloa, practicaba engañosa contabilidad fúnebre y se empecinaba en mantener la «aberración constitucional» del mando único; y que hoy, en curiosa metamorfosis, se lava las manos y delega el trabajo sucio en las autonomías: si lo necesitáis, solicitad el estado de alarma y os será dado. Vosotros veréis.
¿Pero qué dice al respecto, no san Mateo, sino el evangelio laico que llamamos Constitución? Los estatutos de autonomía, con rango de leyes orgánicas, dejan claro que las competencias en sanidad y educación pertenecen a las respectivas comunidades autónomas. Suya es la responsabilidad de controlar los rebrotes o de fijar las condiciones del curso escolar. Afortunadamente, añadiría el Casado de anteayer, admirado de sus gestores autonómicos, de quien todavía recordamos su obscena afirmación: «Donde más fallecidos hubo fue en las comunidades en las que no gobernaba el PP».
-Alto ahí, señor columnista, no desbarre. ¿Olvida que en esta situación excepcional resulta incluso frívolo discutir sobre el deslinde de competencias?
Retomemos el evangelio laico por la página de la ley orgánica que regula los estados de alarma, excepción y sitio. El estado de alarma está recetado específicamente para afrontar «crisis sanitarias, tales como pandemias y situaciones de contaminación graves». El único remdesivir autorizado, aunque Casado receta un cóctel de reformas legales para sustituirlo, retirado precipitadamente para que las autonomías recuperaran el timón.
La posición del reaparecido Sánchez es inatacable con argumentos lógicos. Él ofrece toda su ayuda a las comunidades autónomas. Dinero para sanidad y educación. Militares para rastrear el virus. Y apoyo a los presidentes autonómicos que decidan, acogiéndose al artículo quinto de la ley orgánica, solicitar el estado de alarma en su territorio, en cuyo caso se convertirían, por delegación, en la única autoridad competente.
¿Intencionalidad política en esa comparecencia posvacacional? Por supuesto. Sánchez trata de evidenciar que la gestión, y por tanto el desgaste, recae ahora sobre las autonomías. Y así es. Pero Pablo Casado tendrá que dar un volantazo a su discurso -otro más- para condenar a Poncio Pilato. Deberá reconocer que la oleada de virus que se presagia tal vez exija volver al mando unificado, al «pésimo gestor» y al estado de alarma en toda España. Quizá, de dar ese paso improbable, consiga que Sánchez vuelva a ensuciarse las manos y que Díaz Ayuso y adláteres vuelvan a lavarse las suyas.