Iker y los negacionistas


Ahora que el coronavirus ha puesto el mundo del revés, hay que reconocer que en los albores de la pandemia acabaron por tener más razón las voces de presentadores como Iker Jiménez y Pablo Motos, que fueron vapuleados por señalar que el coronavirus no era una simple gripe, que algunos periodistas de prestigio que llamaban al sosiego desde las calles desiertas de Milán asegurando que preocuparse era ser alarmista.

El tripulante de la nave del misterio fue muy aplaudido por los suyos cuando hizo sus primeros especiales cuestionando la serenidad que inicialmente infundían las versiones oficiales. Entonces su voz sobre la proliferación de un patógeno fuera de control gustaba porque era antisistema. Pero ese apego por los secretos y las conspiraciones que alimenta a su programa Cuarto milenio, esa querencia por sembrar de dudas y preguntas todo lo visible y lo invisible, se ha visto superada por un sector de negacionistas que han ido hasta el infinito y más allá. Aquellos que se han abonado a la teoría majadera de la plandemia y creen que las mascarillas son bozales; que culpan de esta debacle a George Soros y Bill Gates; a ficticias vacunas que inoculan microchips para controlarnos y a las radiaciones del 5G. Ahora acusan a Iker Jiménez de traidor por tomarse esta plaga en serio y no suscribir sus absurdas teorías.

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