Qué decepción, muchachos


El personaje más curtido y relevante de P. G. Wodehouse se llamaba Jeeves. Era el mayordomo (un ayuda de cámara, en realidad) cómico por excelencia. Para mí nunca tuvo ninguna gracia. Y creo que su autor tampoco lo creó con esa intención. Hoy están pasados de moda, Jeeves y Wodehouse, pero en su momento gozaron de un éxito supremo. Políticamente desprendía un tufo reaccionario. Literariamente se sostenía por una prosa vigorosa y original. Sus gracias llegaban al pueblo lector y el pueblo lector lo agradecía. Quizá porque la Inglaterra que pintaba se disfrazaba siempre de verano y no había sufrido ninguna consecuencia de las dos guerras mundiales. 

Algo similar sucedió en España. Tres meses encerrados para nada: aquí siempre es verano. El presidente se fue al palacete que un árabe había regalado al emérito mientras los contagios, como las gracias y desgracias en la obra de Wodehouse, aumentaban colosalmente. El verano era, disfrazado, un invierno de amargura.

Sigo con Wodehouse. Decía: «Me limito a sentarme delante de la máquina de escribir y soltar unos cuantos tacos». A mí no me faltan ganas. Tanta es mi decepción con todo lo que está pasando que el artículo de hoy podía ser una sarta de injurias. No sé si contra mí mismo o contra el mundo. Pero es lo que me piden los dedos, escribir como Wodehouse: una serie de tacos y punto. Volvemos a ser los primeros. En hacerlo todo como esperan los del norte que lo hagamos: para ellos somos un país de haraganes, gandules y perseguidores de la subvención. Volvemos a ser los primeros en número de contagios, ya con la economía arrastrada por los suelos, y sigue Fernando Simón predicando desde su púlpito.

Seguía también Galicia adelantándose a las medidas que más tarde toma la Moncloa: porque Feijoo es mejor presidente que Sánchez. Y seguía el ciudadano con esa extraña sensación de que se estaban haciendo mal las cosas: los chavales y los menos chavales en jolgorio (España es, Hemingway, una fiesta) y el virus destrozándonos la vida. Este país ya no es próspero. Pero parece que solo los pesimistas lo percibimos. Este país, pasada la mitad de agosto, está abocado a una ruina que no parecemos entender. Nos quedan los chistes fáciles, como al mayordomo de Wodehouse. A mí, no. A mí solo el desencanto. Yo, que siempre he dicho que los jóvenes son lo mejor de este país, me trago la saliva y la tristeza. Es difícil afirmar que me siento orgulloso de este tiempo: de jarana en jarana, hasta que la prohibieron. No hemos estado a la altura. Qué decepción, muchachos.

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