Bielorrusia, la larga mano del Kremlin

BELTA

Cada vez parece más necesario analizar si el Telón de Acero que separó a la Europa occidental capitalista de la oriental socialista realmente sucumbió con la desaparición formal de la Unión Soviética y el inicio del derribo del Muro de Berlín en 1991 o solo ha sido un espejismo de lo que pudo haber sido pero no fue. Y ello pese a que la firma del Tratado de Belevezha, el 8 de diciembre de 1991, por los representantes de Rusia, Bielorrusia y Ucrania, que supuso la disolución de la URSS y el inicio de la Comunidad de Estados Independientes o CEI, no vino a sustituir a la URSS sino a emular a la Unión Europea. De hecho, sus integrantes, en la actualidad 11 de las 15 ex repúblicas soviéticas, son totalmente independientes o, al menos, lo aparentan.

Lo cierto es que Georgia, Kirguistán, Moldavia o Ucrania han intentado distanciarse pero han tenido un éxito desigual. El Kremlin ha utilizado todo tipo de estratagemas para mantener su influencia sobre ellas. En la mayor parte de las ocasiones, Moscú ha apoyado de manera decidida a los candidatos presidenciales afines, pero no ha dudado en intervenir militarmente cuando le ha convenido, recordemos la ocupación de Crimea y la guerra civil en la frontera oriental de Ucrania.

En el caso de Bielorrusia, en cuya capital, Minsk, se encuentra la sede de la CEI, la situación parecía bajo control al detentar la presidencia el pro-ruso Alexander Lukashenko. Este año tocaba nuevas votaciones y, con uno de los candidatos opositores arrestado y el otro obligado a huir del país, la irrupción de la profesora Svetlana Tikhanovskaya insufló esperanzas de un cambio. Sin embargo, su huida a Lituania al haber sido arrestada tras las votaciones ha sumido a Bielorrusia en la oscuridad del fraude electoral y la desesperanza. La supuesta obtención del 80 % de los votos emitidos por parte de Lukashenko contrasta con el 10 % de apoyo manifestado antes de los comicios. La larga mano del Kremlin planea sobre esta república cuya independencia nunca ha sido aceptada con agrado por la vieja guardia encabezada por Putin. Y, entretanto, la UE se debate cómo sancionar a Lukashenko sin lanzarlo de cabeza a los brazos rusos.

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