Nuestra tierra


Los pájaros ayer estaban escondidos, ahogados por el calor. Los 32 grados elevaron a lo sumo la cotización de las sombras. Solo algunas mariposas despistadas revoloteaban aturdidas. Aunque muchos cuerpos se doraban al sol, era un buen día para tumbarse al lado de un arroyo cantarín y dejar la mente flotando en la nada, permitir a los pensamientos fluir entre el agua que saltaba las piedras. Como un barco de papel que sortea las corrientes hasta que se diluye y desaparece sin dejar rastro. Hay mucho que diluir. Entre el virus, que se enrosca en nuestras vidas y nos obliga a caminar sobre la cuerda floja mientras nos amenaza con su veneno, y los tiempos de extraordinaria mediocridad que nos han tocado vivir, se hace duro tratar de respirar con libertad. Como si las mascarillas, que pese a protegernos contra el coronavirus, solo nos permitiesen masticar silencios. Vivimos tiempos de las palabras enfermas de Cortázar, mientras la gente de verdad, esa que anda por la calle, tiene en casa una máquina de contar problemas y por las noches solo puede calcular la calderilla sobrante. A las instituciones suelen ponerlas en peligro los que deberían de protegerlas. Parece ley de vida. En La hora del cambio, los humoristas italianos Picone y Ficarra satirizan sobre la corrupción. Con gran cinismo y sentido del humor corrosivo, acaban haciendo que el caos gane por aclamación, mientras la honradez se bate en retirada. Como la vida misma. Difícilmente las giras gastronómicas de Sánchez por Europa podrán maquillar las dudas sobre nuestras sombras. Samuelson escribía que cuando es obligatorio adorar al sol, mal pueden comprenderse las leyes del calor. Y, aun así, amamos nuestra tierra.

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