La vida no es un twist


Serán sus andares como Danny Zuko, o será su coleta y su traje negro impecable como Vincent Vega, o su marcado ritmo como Tony Manero que a John Travolta se le adora como el tipo capaz de cambiar siempre la suerte. Como ese dólar que sirve una propina destinada a arreglar un asunto, a Travolta se le augura, cuando asoma en la pantalla, la posibilidad de que lo que pase a continuación sea una inyección de adrenalina o un subidón de energía que te atrape como el famoso twist que se marca con Uma Thurman en Pulp Fiction. Si Travolta baila, el mundo mejora; si mueve sus caderas -«it's electrifying»-, el chispazo que producen arma un fuego detonador. Travolta es esa fuerza herida que sale adelante, el tipo que se crea un personaje a medida con tal de sobrevivir a un destino de perdedor, es ese gigantísimo actor que convierte en alta cocina un Big Mac o un batido de fresa y que transforma en tendencia lo crepuscular. Él tiene el don de trascender lo cotidiano, de domesticar cualquier mínimo atisbo de mediocridad porque, como los mejores, está en otra órbita. Por eso saber que fuera de la ficción, su vida es un trébol sin hojas desencaja esa sonrisa de medio lado que lo hace siempre ganador. No hay papel más desgarrador que el que le ha tocado interpretar lejos de los focos, con un guion salpicado de tragedia y muerte. Travolta no tiene suerte, la vida no es un twist.

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