Mucho han dado que hablar y opinar esta semana las afirmaciones vertidas por el vicepresidente del Gobierno y su portavoz parlamentario acerca de la pertinencia de «naturalizar los insultos», argumentando su carácter democrático y justo para todos los poderes del Estado, incluido el cuarto poder de la prensa. ¿Es razonable el insulto? ¿ Qué es lo que significa insultar a alguien?

La etimología de insulto deriva del latín assalire, que indica un ataque, un asalto, una acometida contra alguien para dañarlo, ofenderlo o humillarlo.

Según el diccionario de insultos de Pancracio Celdrán, el insulto tiene variedades y grados diferentes a la hora de herir al insultado:

La insolencia es la pérdida del respeto a alguien manifestándolo a través de palabras, gestos o menosprecios.

El improperio es una injuria de palabra, una descalificación que se hace sin justicia ni causa, echándole en cara a alguien querer mantener algo en secreto o no quererlo difundir.

Cuando ni siquiera hay razones para el improperio, el insulto inmerecido es lo que se entiende como una ofensa, y cuando el insulto hace honor a la realidad del insultado, más que una ofensa es una falta grave que merece un poco de piedad humana, no un escarnio.

La habilidad para insultar es muy propia del alma hispana, sobre todo cuando de lo que se trata es de humillar a alguien en público con un tono tan jocoso como agresivo, alumbrando el típico personaje del insultador gracioso de taberna y amigotes (o amiguitas).

La misma habilidad que muestran algunos tipos crueles y malvados capaces no solo de dañar a su oponente, sino de gozar haciéndolo.

Toda Iberia es rica en variedad de insultos dentro de las diferentes lenguas que la pueblan, quizá por esto, o por lo contrario, hemos desarrollado una gran habilidad para insultar.

Lo cierto es que nos pasamos el día insultándonos, incluso cariñosamente, solo que normalmente nos insultamos en un contexto de guasa, con lo que el insulto cobra otro sentido; pero cuando el contexto no es de guasa hay que medir los insultos y nunca pueden ser naturales, porque lo natural del ser humano civilizado no es andar atacando y haciendo a daño a la gente.

El insulto -en todas sus variables de palabra, acto u omisión- fuera de contexto no iguala ni democratiza nada, solo añade crispación y pérdida de respeto. Para discrepar no es necesario insultar.

Sin embargo, se entiende que los jóvenes líderes políticos crecidos y amamantados en el entorno de las redes sociales, donde el insulto es la norma habitual, consideren que insultar es algo «natural».

Pero no se equivoquen, el insulto forma parte de la civilización pero no del derecho. Al menos fuera de lo virtual.

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