El signo de nuestros tiempos


Visto está que no hay felicidad plena. Y que no hay día en que no nos llevemos un disgusto por mucho que también veamos signos de mejora. El viernes mismo, mientras asistíamos al acuerdo de Gobierno y agentes sociales sobre el empleo y la reactivación, teníamos que superar un nuevo capítulo de falta de consenso en el Parlamento, a propósito del pacto económico para la reconstrucción. Con la preocupación de saber que Europa nos analiza con atención de cara a esos cientos de miles de millones que pueden acabar en nuestras arcas. O no.

Ni por respeto a los 700.000 españoles que la pandemia está arrastrando a la pobreza, en la que ya está el 23 %; ni por consideración a autónomos y empresarios que no pegan ojo por la incertidumbre, o al 28% de trabajadores que están en paro o en ERTE. Ni por dolor por los más de 27.709 vecinos que la pandemia se llevó por delante. No hay forma de que entren en razones. Ni la catástrofe, ni las penurias los mueven un milímetro de sus inquinas y cálculos electorales. La bronca parlamentaria es el signo de nuestros tiempos.

Aun reconociendo que no es un buen momento para que se besuqueen porque estamos a las puertas de elecciones en Galicia y Euskadi y eso es lo que prima, nada sacaron en limpio nuestros mandarines de esta mal llamada nueva normalidad. Creíamos que esos acuerdos que ven imprescindibles más del 80 % de los ciudadanos, estarían al margen de cualquier bronca política. Pero no. Seguimos instalados en el lío y con las ya habituales acusaciones del y tú más.

Al padre de Zaragoza que bajó al supermercado a robar cuatro potitos para sus niños, que acabó pagando el policía que lo detuvo, le importa poco la estabilidad presupuestaria bien sustentada, la tasa Tobin o la diferencia impositiva con Europa. Lo que necesita es un futuro digno y próspero en el que poder trabajar. Con eso se conforma.

Pero con los rencores que se profesan no parece que cumplan con lo que se les pide. Hay estudiosos que sostienen que la principal amenaza de la democracia es la simpleza de la clase política. Que el diccionario de la RAE, define como bobería y necedad. Así entendemos mejor lo que nos pasa.

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