Por el libro recién publicado del profesor Mathew Fraser (In Truth: A History of Lies from Ancient Rome to Modern America), me entero de que María Antonieta nunca dijo, cuando le advirtieron de que el pueblo no tenía pan o no podía comprarlo ­-hay varias versiones-, la frase famosa: «Si no tienen pan, que coman pasteles». Fraser, que recopila en su libro algunas de las mentiras más convenientes de la historia, rastreó el origen del bulo hasta un personaje ficticio que aparece en Las Confesiones de Jean Jacques Rousseau sin que pueda interpretarse como una referencia velada a María Antonieta, porque en 1767, cuando lo escribió, la futura reina vivía aún su niñez en la corte de Viena. Dice Fraser que la calumnia funcionó porque se acomodaba bien a un prejuicio colectivo: el de los franceses que, pasada la Revolución, no podían asumir que hubieran ejecutado a los reyes de una manera indecente, así que cubrieron de porquería su memoria para apagar cualquier remordimiento.

No, las noticias falsas no son cosa nueva. Tampoco el sesgo que lleva a admitir las informaciones que refuerzan nuestras ideas y a rechazar, por muy verdaderas que se presenten, las que se oponen a nuestros prejuicios. Pero hay que saber mentir. «Si mientes, miente con dos decimales», dice un amigo. La enseñanza de las estrategias retóricas ha disfrutado de mucho prestigio desde antes de los sofistas hasta hoy.

Iván Redondo valoró anteayer la gestión de la pandemia: «Con la información disponible, es difícil hacerlo mejor», dijo. La frase admite una lectura realista y menos inmodesta que la obvia: que hacerlo mejor es posible, pero difícil y no lo consiguen. O nos está mandando a comer pasteles.

@pacosanchez

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