El «Cambien de rumbo» del presidente y editor de La Voz de Galicia, Santiago Rey Fernández-Latorre, no ha sido un artículo. Ha sido un grito desgarrado de un ciudadano que contempla la marcha del país. Representa, sin duda, el sentir de gran parte de la población que asistió impotente a la destrucción provocada por la crisis sanitaria y ahora espera un Gobierno y unas fuerzas políticas y sociales que sepan promover y liderar la reconstrucción.
Querido presidente, tu llamada de socorro la suscribe la mayoría de esta sociedad. Sus destinatarios, en cambio, la habrán recibido como una crítica enmarcable dentro de su imaginada campaña de deterioro y solo destacable por la relevancia social de su autor. Te negarán autoridad para hacer el diagnóstico que haces, porque no participas del sentido y la magnitud histórica del cambio que tienen en su imaginación. Te dirán, de hecho, que el «cambio de rumbo» es el que están efectuando para lograr la transformación de España y sacarla de la garra de los poderosos de siempre. Y cuando hayan leído que «no es esta la política que merecemos» no habrán sentido la menor preocupación, porque entienden que su política es el germen de una nueva convivencia y un nuevo Estado.
Por eso, si hay instituciones que se sienten atacadas, como la Corona, será porque necesitan un meneo de la nueva política. Y si hay conquistas que merecen nuestro orgullo como pueblo, para ellos es el orgullo de una generación que no tienen por qué suscribir. Al revés: hay que revisarlo todo, porque se cometieron injusticias, se premió a torturadores, no se respetó el derecho de los pueblos a decidir su futuro, se hizo una lectura interesada de la Constitución y se condenó a los pobres a pagar las facturas de todas las crisis fabricadas por las ambiciones de los de siempre. De pequeñas y a veces grandes verdades parciales se hace una verdad absoluta que se convierte en eje que justifica la conquista del poder con una indisimulada vocación de eternidad.
Durante todo el confinamiento, ese Gobierno fue eficacísimo en inventar palabras como hibernación, nueva normalidad o reconstrucción. Se manejó la propaganda incluso como fondo de imagen de declaraciones institucionales. Y se utilizó un trance dramático para millones de personas con la intención de construir un liderazgo indiscutible. Que una de las preguntas del paréntesis de la pandemia esté siendo si el señor Sánchez sale de la alarma con su liderazgo fortalecido da idea de cómo se usó políticamente el mayor desafío sanitario del último siglo. Mientras tanto, se hizo la política fácil -aunque necesaria como el Ingreso Mínimo Vital- de tirar de la chequera, mientras el tejido empresarial, el tejido productivo, parece clamar en el desierto. Y respecto a la voluntad de acuerdo de los partidos, lo peor no es que no exista. Lo peor es que cada día hay más partidos incompatibles entre sí.